Misterio en el circo
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Misterio en el circo

Edades:
A partir de 4 años
Misterio en el circo Rowan era un niño que siempre andaba metiendo la nariz donde no debía, mirando a ver qué aprendía o de qué se enteraba. Era tan curioso y tenía tanto interés en saber qué pasaba y por qué ocurrían las cosas, que no se cortaba un pelo a la hora de preguntar y entrometerse.

Como todos en el colegio y en el pueblo lo sabían, procuraban alejarse para que Rowan no les diera la lata.

Un día, aburrido de no encontrar nada qué investigar, Rowan salió a dar un paseo por las afueras del pueblo. Enseguida vio algo que le interesó: un circo ambulante estaba instalándose allí mismo.

Rowan se acercó y conoció al señor Rimbombante, un hombre muy grandes con mucha chista y una risa estruendosa, que era el dueño del circo.

Don Chispeante le presentó a Iris, la estrella del espectáculo. Iris era una trapecista, muy hábil y ágil que hacía un número sin red que dejaba a todos sin aliento.

Iris le presentó a Gruñifacio, un payaso malhumorado que nunca sonreía y que hacía reir mucho a todo el mundo con su actitud.

—Bueno muchacho, ha sido un placer conocerte, pero nosotros tenemos que resolver un problemilla y no podemos entretenernos más —dijo el señor Rimbombante.

—Puedo ayudaros si queréis —dijo Rowan—. Esto suena a misterio, y a mí nadie me gana a la hora de enterarme de las cosas.

—No perdemos nada por intentarlo —dijo Iris—. Uno de nuestros carromatos no se abre. Algo se mueve dentro, pero no somos capaces de saber qué o quién hay dentro.

—Parece un poco espeluznante —dijo Rowan—. Vamos a verlo.

Rowan se acercó al carromato. Puso la oreja bien pegada, y escuchó unos ruidos raros. Luego llamó, y recibió como respuesta unos golpes desde el interior.

Rowan vovlió a llamar, usando un toque distinto, y desde el interior le contestaron, imitándole.

Después de un rato, Rowan les dijo a sus nuevos amigos:

—No podremos entrar, pero podemos intentar hacerle salir.

—¿Cómo? —preguntaron los tres a la vez.

—Creo que se aburre, así que si montamos algo de jolgorio aquí fuera, lo mismo conseguimos que salga —dijo Rowan.

—¡No me digas que ahora tengo que hacer horas extra! —gruñó el payaso Gruñifacio—. ¡Lo que me faltaba!

Al señor Rimbombante, a Iris y a Rowan le hizo tanta gracia que no estallaron en carcajadas. A Rowan le pareció que dentro se oía algo parecido a una risa.

—¡Ha funcionado! —dijo Rowan.

—¿Quieres que te enseñe un número de acrobacia, Rowan? —dijo Iris—. Mira, me voy a subir encima del señor Rimbombante. ¡Súbete tú encima de Gruñifacio!

RMisterio en el circoowan se cayó dos veces, pero de la risa, porque Gruñifacio era todo un poema. Incluso Iris estuvo a punto de perder el equilibrio, y eso los hizo reir a todos. Bueno, a casi todos, porque a Gruñifacio no había manera de sacarle nada que no fuera una queda o un bufido.

Después de un rato, el carromato se abrió. Allí aparecideron varios payasos amontonados. Unos se reían, otros se mostraban enfados y otros intentaban cerrar el carromato de nuevo.

Pero el señor Rimbombante se lo impidió.

—¿Quiénes sois vosotros? —le preguntó.

Los payasos empezaron a hablar todos a la vez, y se fueron cayendo del carromato y amontonándose unos sobre otros.

Gruñifacio empezó a reirse, seguramente, por primera vez en su vida, pero con tantas ganas que les contagió la risa a todos.

—Si buscáis trabajo, estáis contratados —dijo el señor Rimbombante.

—¡Misterio resuelto! —dijo Rowan—. Os veo mañana en vuestra primera función.

—¡Te esperamos!
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