Los doce cazadores
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Los doce cazadores

Edades:
A partir de 4 años
Valores:
Los doce cazadores Había una vez un príncipe que tenía una novia, a la que quería mucho, y a la que tenía siempre cerca. Un día el joven príncipe recibió noticia de que su padre, que vivía lejos, en el otro extremo del reino, estaba muy enfermo. Por eso le dijo a su amada:

-Tengo que marcharme. Te dejo este anillo en memoria de nuestro amor. Cuando sea rey volveré y te llevaré a mi palacio.

El príncipe se puso en camino. Cuando llegó al lado de su padre, este se hallaba moribundo y le dirigió estas palabras:

-Querido hijo mío, he querido verte por última vez antes de morir. Prométeme que te casarás con la mujer que yo te diga.

Y le nombró una princesa que debía ser su esposa.

El joven estaba tan afligido, que le contestó sin reflexionar:

-Sí, querido padre, haré lo que tú digas.

El rey cerró los ojos y murió.

El joven príncipe fue coronado rey. A los pocos días envió a buscar a la hija del rey con la cual había dado palabra de casarse. Cuando se enteró su primera novia se puso muy enferma, por el dolor que le había causado su mentira. Entonces le preguntó su padre:

-Dime, querida hija, ¿qué te ocurre?

-Querido padre, quisiera encontrar once jóvenes iguales a mi rostro y estatura -dijo ella.

El padre de la muchacha mandó buscar por todo su reino once doncellas que fueran iguales a su hija en rostro y estatura.

Cuando las encontró todas se vistieron todas de cazadores con trajes iguales. La princesa se despidió de su padre y se marchó con sus compañeras a la corte de su antiguo novio. Allí preguntó si necesitaba cazadores y si podían entrar todos en su servicio. El rey la miró y no la reconoció. Y como a todos los encontró tan buenos mozos, dijo que sí, que los recibiría con gusto. Y quedaron los doce cazadores al servicio del rey.

Pero el rey tenía un león, que era un animal mágico, pues sabía todo lo oculto y secreto, y una noche le dijo:

-¿Crees que tienes doce cazadores?

-Sí -contestó el rey- los cazadores son doce.

Pero el león añadió:

-Te engañas, son doce doncellas.

El rey replicó:

-No puede ser verdad; ¿cómo me lo probarás?

-Manda echar guisantes en tu cuarto -replicó el león- y lo verás con facilidad. Los hombres tienen el paso firme. Cuando andan sobre guisantes, ninguno se mueve; pero las mujeres caminan con inseguridad y vacilan y los guisantes ruedan.

El rey siguió su consejo y mandó extender los guisantes. Pero un criado del rey, que apreciaba mucho a los cazadores, cuando supo que debían ser sometidos a una prueba, se lo contó.

-El león quiere probar al rey que sois mujeres -dijo el criado-.Id con cuidado caminando con paso fuerte por los guisantes.

Cuando el rey llamó al día siguiente a los cazadores y fue a su cuarto, donde estaban los guisantes, comenzaron a andar con fuerza y con un paso tan firme y seguro, que ni uno solo rodó ni se movió. Cuando se marcharon, dijo el rey al león:

-Me has engañado, andan como hombres.

El león le contestó:

-Lo han sabido, y han procurado salir bien de la prueba, haciendo un esfuerzo. Pero manda traer doce husos a tu cuarto, y cuando entren verás cómo se sonríen, lo cual no hacen los hombres.

El mandó llevar las ruecas a su cuarto. Pero el criado fue a ver a los cazadores y les descubrió el secreto. Y cuando el rey llamó al día siguiente a los doce cazadores, entraron en su cuarto sin mirar a las ruecas. El rey dijo entonces al león:

Los doce cazadores-Me has engañado, son hombres, pues no han mirado las ruecas.

El león le contestó:

-Han sabido que debían ser sometidos a esta prueba y se han contenidos

Pero el rey no quiso creer ya al león.

Los doce cazadores seguían al rey constantemente a la caza, el cual había llegado a tenerles verdadero cariño. Pero un día, mientras cazaba, llegó la noticia de que había llegado la esposa del rey. Su antigua novia, al oírlo, lo sintió tanto, que la faltaron las fuerzas y cayó desmayada en el suelo. El rey creyó que le había dado mal de corazón a su querido cazador, se acercó a él para auxiliarlo. Le quitó el guante y vio en su mano el anillo que había regalado a su primera novia. La miró entonces a la cara y la reconoció. Con toda su alma le dio un beso, y cuando volvió en sí le dijo:

-Tú eres mía y yo soy tuyo, y ningún hombre del mundo puede separarnos.

El rey envió a un mensajero para informar a la princesa sobre lo acontecido. No tardaron en celebrar su boda, perdonando al león, porque había dicho la verdad.
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