Operación de rescate
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Operación de rescate

Edades:
A partir de 4 años
Valores:
Operación de rescate En casa de Rodrigo ponían la lavadora los sábados y domingos. Era cuando tenían más tiempo y aprovechaban para dejar la ropa limpia para toda la semana. A Rodrigo le encantaba ayudar. Sólo tenía 8 años, pero sabía poner el detergente, programar la lavadora y abrir la puerta cuando el lavado terminaba. Le gustaba quedarse mirando mientras el tambor daba vueltas. Verlo girar y girar le hacía dejar la mente en blanco y no pensar en nada.

Un día, en el momento del centrifugado, los ojos del niño empezaron a girar siguiendo aquel movimiento repetitivo e hipnótico. Esa vez, su hermana pequeña había estado jugando con la rosca y el centrifugado iba mucho más rápido de lo habitual. Tan rápido que Rodrigo empezó a marearse hasta que perdió el conocimiento. De repente, ya no estaba en el suelo de la cocina, sino en una gran explanada blanca y esponjosa.

El suelo era jabón y de los chorros de las fuentes brotaban litros y litros de suavizante. Era el favorito de Rodrigo: el de olor a colonia de bebé. Le recordaba a cuando era pequeño y sus padres le peinaban con aquel cepillo de cerdas tan suaves.

Enseguida empezó a correr por aquellos caminos esponjosos y con un olor que se notaba a kilómetros de distancia. Caminando llegó hasta un lugar en el que las protagonistas eran un montón de lavadoras funcionando a toda velocidad. Las había de todo tipo y condición. Modernas, clásicas, con pantalla táctil, con roscas y brillantes botones…

Pronto Rodrigo reconoció entre todas aquellas lavadoras a la de su casa. Y, dentro de ella, a su gato Bob. El felino se había quedado atrapado y solo faltaban dos minutos para que la lavadora entrase en funcionamiento. El niño tuvo que pensar rápido. La verdad es que sus padres le repetían constantemente que vigilase mejor al gato para evitar que se colase en sitios peligrosos.

Operación de rescateRodrigo jugaba con su gato, le daba caricias y besos. Pero nunca le reñía cuando hacía ese tipo de cosas. Ahora veía que estaba sufriendo las consecuencias al ver a su animal allí metido. Pronto, se le ocurrió la solución.

En medio de aquella nube de detergente encontró una palanca con la que pudo forzar la puerta de la lavadora. Nada más hacerlo, Bob se lanzó a su cuello y empezó a darle lametazos. Al momento, y tocando de nuevo el botón de centrifugado, el gato y el niño volvieron a casa.
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