Las alas de la señorita Ibis
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Las alas de la señorita Ibis

Edades:
A partir de 6 años
Las alas de la señorita Ibis No había terminado de sonar el timbre que comenzaba la jornada cuando Héctor y sus compañeros estaban sentados en sus pupitres, listos para empezar el primer día de clase. Se había corrido la voz de que la nueva maestra contaba unas historias increíbles, y estaban deseando conocerla y escuchar.

—Buenos días, soy la señorita Ibis. Me gustaría conoceros a todos, así que vais a ir diciendo vuestro nombre y algo que os guste mucho y por qué. A mí me encanta este colgante de alas que llevo al cuello. ¿Sabéis por qué?

—¿Por qué Ibis es un nombre de pájaro? —dijo Héctor.

—Vaya, muy agudo, muchacho —dijo la señorita Ibis—. Sí, tiene que ver con mi nombre, y el hombre de la persona que me lo puso y que me regaló este collar. Se llamaba Heron, y era mi padre.

—¿Un heron es una garza, verdad? —preguntó Héctor.

—Efectivamente, un heron es una garza, un tipo de ave muy elegante, cuello largo y patas más largas aún. Como veis, en mi familia tenemos especial amor por los animales alados. Por eso mi padre me regaló estas alas. ¿Os cuento por qué?

—¡Sí! —gritaron los niños.

—Mi padre decía que todos tenemos alas invisibles que nos ayudan a hacer buenas acciones. Me las regaló para que nunca lo olvidara. Las alas invisibles hacen que ayudemos a los que lo necesitas, que escuchemos a las personas para entender cómo se sienten, que seamos amables con los demás, aunque uno tengamos ganas, y a que compartamos lo que tenemos con los que lo necesitan.

—¡Qué bonito! —dijo Héctor.

—Ahora siegue tú, que veo que te gusta hablar —dijo la señorita Ibis.

Uno por uno, los niños fueron presentándose y contando sus historias.

Al día siguiente, cuando empezó la clase, Héctor vio que la señorita Ibis no llevaba su colgante.

—¿Dónde está el colgante? —preguntó Héctor.

—¡Lo he perdido! —dijo la señorita Ibis—. Lo traía cuando llegué al cole, pero ahora ya no está.

—¡Lo buscaremos entre todos! —dijo Héctor.

Héctor y sus compañeros estuvieron buscando el colgante de la señorita Ibis hasta el recreo. Cuando volvieron, estaban disgustados, porque ninguno lo había encontrado, pero entusiasmados, porque habían descubierto otras cosas.

—Yo he encontrado un libro maravilloso debajo de una estantería de la biblioteca —dijo Elisa.

—Yo he encontrado un dibujo precioso debajo de los balones del gimnasio —dijo Luca.

Las alas de la señorita Ibis—Yo he encontrado un juego muy divertido en la sala de música —dijo Irina.

Y así, uno por uno, fueron contando lo que habían encontrado.

—Lo siento, señorita Ibis, no hemos encontrado el colgante de alas —dijo Héctor—, aunque hemos descubierto algunas cosas magníficas, aunque no parezcan nada del otro mundo.

La señorita Ibis sonrió y dijo.

—A veces, lo que buscamos no es lo más importante, sino lo que encontramos en el camino.

Los niños estaban encantados con sus nuevos tesoros, pero más aún con la actitud de la señorita Ibis.

—Por cierto, encontré el colgante hace unos minutos. ¡Se me había enganchado en el peso!

Todos aplaudieron de felicidad con sus manos, pero también con el batir de todas sus alas invisibles a la vez.
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