El misterio de la jaula vacía
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El misterio de la jaula vacía

Edades:
A partir de 6 años
Valores:
El misterio de la jaula vacía En una ciudad donde los misterios florecían como flores en primavera —mira tú si eran liantes—, había un zoológico que todos visitaban con asombro. Pero no por los animales que albergaba, sino por una jaula en particular que, para sorpresa de muchos, siempre estaba vacía.

Manolito llevaba tiempo con la mosca detrás de la oreja a cuenta de aquel asunto. Pero como por allí siempre había misterios que resolver, nunca le había dado tiempo a ponerse con aquello.

—De hoy no pasa —dijo una mañana Manolito, mientras se levantaba de la cama. No había clase, así que algo había que hacer. Era el día perfecto para resolver el misterio de la jaula vacía.

De camino al zoológico, Manolito fue recordando todas las historias que había escuchado sobre la famosa jaula sin ocupante.

—¿Por qué está vacía? ¿Qué animal vivía allí? —se preguntaba el muchacho. Eran las mismas preguntas de siempre, con las mismas respuestas. Ninguna.

Cuando llegó al zoológico, Manolito se acercó a la jaula.

—¡Qué raro! —dijo Manolito—. No hay candados ni cerraduras. Simplemente, una puerta abierta. Una puerta abierta, sí, pero ¿para qué?

Intrigado, Manolito comenzó a hacer preguntas a los visitantes y trabajadores del lugar.

—Disculpe, señorita, ¿sabe usted la historia de esta jaula vacía? —preguntó a una vendedora de helados.

La joven sonrió y señaló a un anciano que estaba sentado en un banco, junto a la jaula, que solo se veía por detrás.

—Don Bigotes podría contarte esa historia —dijo.

Manolito se acercó con curiosidad a don Bigotes, sin dejar de pensar por qué aquel señor tenía nombre de mascota.

—Disculpe, señor. Es usted don Bigotes, ¿verdad? —dijo Manolito.

—Soy yo, sí—dijo el señor, dándose la vuelta y luciendo un hermoso y lustroso bigote.

—Me han dicho que usted… ¡vaya, menudo bigote! Y yo pensando que la señora de los helados me había gastado una broma con su nombre.

—Y lo ha hecho, me llamo Baldomero, pero todos me llaman don Bigotes, y así me he quedado. Vienes por la historia de la jaula, ¿verdad?

El joven asintió y Baldomero don Bigotes le dijo:

—En veinte años nadie me ha preguntado. Y eso que todo el mundo sabe que solo yo conozco la historia. Al principio pensé que era porque habían entendido la razón de esta jaula vacía, pero la gente prefiere seguir ignorante que resolver el misterio.

—Yo quiero saberlo, por favor —dijo Manolito.

— Está bien. Hace muchos años, cuando era joven, trabajaba atrapando animales para zoológicos. Pero un día, mientras observaba a un pájaro enjaulado, recordé un momento de mi infancia. Yo también había encontrado un pájaro herido y lo había cuidado. Cuando estuvo sano, lo dejé libre. Ese día entendí que ningún ser vivo debe ser privado de su libertad.

Manolito escuchaba con atención.

—Con el tiempo, dejé de atrapar animales y me uní a este zoológico, pero con una condición: crearía una jaula que siempre estaría vacía, para enseñar la importancia de la libertad y el respeto hacia todos los seres vivos.

El misterio de la jaula vacíaManolito miró la jaula y entendió su propósito. No se trataba de un misterio sin resolver, sino de un poderoso mensaje.

Don Bigotes sonrió, colocando una mano sobre el hombro del joven.

—No es suficiente saber la historia. Es importante compartirla y recordar siempre que la libertad es el tesoro más grande que todos merecemos. Pero no puedes contarla a menos que alguien te pregunte. Las cosas tienen más valor cuando se consiguen, igual que los aprendizajes. Cuando te los regalan sin más no les das el valor que tienen.

A partir de ese día, Manolito no solo se convirtió en un frecuente visitante del zoológico, sino también en un fiel amigo de don Bigotes. Juntos, se las ingeniaron para despertar el interés en la gente y luego compartir la historia de la jaula vacía.

Y así, en una ciudad llena de misterios, la jaula vacía se convirtió en un símbolo de esperanza y amor por todos los seres vivos.
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