Donato el dormilón
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Donato el dormilón

Edades:
A partir de 10 años
Donato el dormilón Donato se quedaba dormido todos los días en el pupitre. Su hora preferida para la primera siesta matutina era la primera hora de clase. Se quitaba el abrigo, lo doblaba sobre el pupitre y se echaba una cabezadita. Si hacía buen tiempo, Donato usaba la mochila como almohada, o cualquier cosa blandita que pudiera haber dentro.

La segunda siesta se la echaba después del recreo. No fallaba: en cuanto se sentaba y acomodaba el abrigo la mochila caía rendido.

Solamente los días que tenía educación física a primera hora de la mañana o después del recreo Donato posponía su siesta. Si tenía examen también tenía que hacer el esfuerzo de mantenerse despierto una hora más.

Como se sentaba atrás y en una esquina y los compañeros que se sentaban delante eran muy altos, Donato pasaba bastante desapercibido. De vez en cuando el profesor le llamaba la atención. Pero Donato se las ingeniaba para disimular o hacerse el tonto si le preguntaban.

Su compañero de pupitre se ocupaba de avisarle si el profesor se acercaba o cuando acaba la clase para empezar la siguiente.

Pero un día todo se confabuló para que Donato no pudiera tener sus siestecitas. Los compañeros que se sentaban delante no fueron, y su compañero de pupitre tampoco. Así, Donato quedaba muy expuesto. Aún así, Donato se quedó dormido.

El profesor le vio y le llamó, pero como no había nadie que le avisara no se enteró. Y se llevó un susto tremendo cuando encontró al profesor a su lado sacudiéndole para que se despertara.

Lo mismo ocurrió en su siguiente siesta. Y la misma historia al día siguiente.

Todos los profesores sospechaban de las siestas de Donato, pero este se lo había montado tan bien que nadie sospechaba que fuera para tanto.

Durante los siguientes días decidieron ponerlo delante. Y en cuanto hacía ademán de bajar la cabeza el profesor le avisaba.
Como no podía dormir en el cole, Donato estaba hecho polvo. Tenía mal humor, estaba rabioso y tenía unas ojeras tan grandes que parecía un oso panda.

El director decidió hablar con sus padres, a ver qué pasaba.

-¿A qué hora se acuesta Donato? -preguntó el director.

-Temprano, señor director -dijeron los padres de Donato-. Desde que se va a su cuarto hasta que se levanta pasan no menos de diez horas.

-¿Cena bien? -preguntó el director.

-Sí, señor director -dijeron los padres de Donato-. Una cena sana y variada.

-¿Qué tal duerme? -preguntó el director.

-No le oímos en toda la noche -dijeron los padres.

-Aquí hay algo que no va bien -dijo el director-. Deberían entrar en su dormitorio por la noche y observarlo.

-No queremos violar su intimidad -dijeron los padres.

-Llamen suavecito primero -dijo el director-. Si Donato está dormido ni se va a enterar.

-No queremos espiarle -dijeron los padres-. Ni siquiera entramos a ordenar su cuarto. Él se ocupa de todo: hace la cama, cambia las sábanas, ordena la ropa planchada…

-¿Me están diciendo que no entran en la habitación de su hijo, que está bajo su cuidado, en su propia casa? -preguntó el director-. Es lo que me faltaba por oir. No sé quién les habrá dicho eso, pero ustedes no solo tienen el derecho, sino el deber de velar por su hijo.

Donato el dormilónLos padres decidieron hacer caso al director y visitar a su hijo por la noche, cuando estaba dormido, sin hacer ruido. Y lo que encontraron les dejó petrificados. Tres horas después de haberse acostado Donato estaba en su cama jugando con su ordenador y con los cascos puestos. Ni siquiera sintió que sus padres llamaban y abrían la puerta.

Los padres cerraron y volvieron a mirar una hora después. Y ahí seguía Donato, jugando.

A la mañana siguiente los padres de Donato le dijeron que, a partir de este día, todos los dispositivos electrónicos debían quedar fuera de la habituación.

-¡No! -dijo Donato.

-Sí -dijeron sus padres-. Y, a partir de ahora, la puerta estará todo el día abierta, de día y de noche. No entraremos en tu cuarto, respetaremos tu espacio, pero dejarás la puerta abierta. Si no tienes nada que ocultar no tienes por qué enfadarte.

A partir de ese día Donato no volvió a dormirse en clase, empezó a sacar mejores notas y se convirtió en un chico mucho más sociable. Jugaba, sí, pero no le robaba horas al sueño por eso.
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