Santi y el equipo de baloncesto
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Santi y el equipo de baloncesto

Edades:
A partir de 10 años
Valores:
Santi y el equipo de baloncesto A Santi le encanta el baloncesto. Llevaba mucho tiempo pidiendo a sus padres que le apuntasen al equipo del colegio, pero le decían que estaba a punto de empezar la Secundaria y que iba a tener que estudiar más. A lo que sí iba Santi era a clases de piano y pintura, pero no le gustaban del todo.

Un día, por sorpresa, sus padres aparecieron con la inscripción para el equipo de baloncesto. Estaba tan contento que aquella noche no pudo casi dormir pensando en las ganas que tenía de empezar a entrenar.

Cuando llegó el primer día al vestuario, estaba lleno de niños de su cole, pero le trataban de una forma rara, como a un desconocido.

-¿Cómo ha venido Santi a jugar si siempre está estudiando y en clases de piano? -susurraban creyendo que él no les escuchaba.

Esos comentarios hicieron que Santi se pusiera muy triste. En el calentamiento, nadie quiso practicar con él. Al hacer los equipos, nadie le eligió. Como estaba tan nervioso, a la hora de la verdad no acertó casi ninguna canasta. Cada vez que lanzaba, fallaba y la pelota acababa en el otro lado de la pista de baloncesto. Sus compañeros no paraban de meterse con él así que cada vez estaba más nervioso. Al final, en el descanso, Santi decidió abandonar el partido y volverse a casa cabizbajo.

En la cena, sus padres le preguntaron emocionados por su primer día de baloncesto. Santi estaba tan triste que prefirió no contestar e irse directamente a la cama.

Al día siguiente, camino del cole, se encontró con un gato abandonado. Le dio un poco de su merienda, porque parecía que tenía hambre. Al rato, se dio cuenta de que el gatito le seguía. En ese momento, con una pequeña vocecilla, le dijo:

-Santi y el equipo de baloncesto Sólo quiero ayudarte, Santi. Ayer vi tu entrenamiento y noté lo mal que se portaron tus compañeros. No les debes hacer caso, si te gusta el baloncesto debes luchar por aprender a jugar sin que te importen las miradas y comentarios de los demás.

El niño no se podía creer lo que le estaba pasando. Cuando se giró, el animal había desaparecido. Sin embargo, decidió poner en marcha el consejo de aquel minino parlanchín. Decidió empezar a practicar unas canastas todos los días. Todas las tardes practicaba y poco a poco fue mejorando. Su entrenador le felicitó por el esfuerzo y decidió nombrarle capitán del equipo. No por ser el mejor jugador, sino por ser el más humilde y perseverante.
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