Marcelino “noveunpino”
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Marcelino “noveunpino”

Edades:
A partir de 6 años
Valores:
Marcelino “noveunpino” Marcelino era un niño normal, como todos los demás, pero que tenía un problema: se tropezaba constantemente con todo lo que aparecía en su camino y se daba unos golpes tremendos. Fruto de unos de esos testarazos, en esa ocasión contra un enorme pino, la gente empezó a llamarle Marcelino noveunpino.

Todo el mundo pensaba que Marcelino se daba esos golpes tan grandes porque iba despistado, ensimismado pensando en sus cosas. Pero con el tiempo Marcelino empezó a hacer cosas muy raras, como gatear por la clase entre las mesas o escribir y a la leer con la cabeza pegada al papel.

Esas rarezas no solo le hacían llevarse alguna que otra regañina, sino que eran motivo de mofa y burla por parte de muchos de sus compañeros.

Un día, la maestra llamó a Marcelino para preguntarle por qué hacía esas cosas. Marcelino le dijo que gateaba buscando las cosas que se le caían y que si se pegaba tanto al papel era para ver mejor lo que ponía.

-Marcelino, deberías ir al oculista -le dijo la maestra-. O mucho me equivoco o vas a necesitar gafas.

-¡No! ¡Gafas no! -dijo Marcelino-. Me llamarán gafotas, y ya era lo que me faltaba.

Y se levantó corriendo y llorando, porque la idea de llevar gafas le asustaba muchísimo. Pero apenas había dado unos pocos pasos cuando se chocó con la puerta. Y como iba con tanta prisa se dio un golpe tan grande que se cayó hacia atrás.

La maestra tuvo que llamar a sus padres para que fueran a buscarlo y aprovechó para contarles lo que había pasado.

-Mi hijo no necesita gafas -dijo la madre de Marcelino-. Lo único que le pasa es que está un poco atontado y va por ahí sin prestar atención.

-¡Pero si su hijo no es capaz de leer la pizarra a menos que esté tan cerca que se mancha la nariz de tiza! -exclamó la maestra.

-¡Tonterías! -dijo la madre de Marcelino-. A ver, hijo, qué pone en la pizarra.

Marcelino miró la pizarra y sonrió.

-¡Buena trampa, mamá! -dijo el niño-. La pizarra está toda emborronada porque todavía no le ha pasado nadie un trapo húmedo para limpiarla.

PMarcelino “noveunpino”ero lo cierto es que en la pizarra había un esquema de la lección que la maestra había estado explicando ese día.

Finalmente, Marcelino fue a la óptico y le pusieron gafas. El niño no estaba muy contento, pero cuando llegó al colegio nadie se rió de él. Al contrario, todo el mundo le dijo que sus gafas eran muy chulas y que le quedaban genial.

-Habrá que cambiarte el mote, chaval -le dijo, de guasa, un de sus compañeros-. ¿Qué tal Marcelino Yaveunpino.

-Un pino y todo lo que se me ponga por delante -rió Marcelino.

Desde entonces Marcelino no ha vuelto a darse ningún testarazo ni a tropezarse con nada, más allá de lo habitual. Y como ahora ve perfectamente, puede hacer de todo, sin problemas. Incluso ver cómo se sonroja Pamela cuando se cruzan sus miradas. ¿Por qué se pondrá tan colorada?, se pregunta Marcelino.
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