Los vestidos de la reina
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Los vestidos de la reina

Edades:
A partir de 4 años
Valores:
Los vestidos de la reina Érase una vez una joven reina a la que le encantaba estrenar vestido todos los domingos. A la reina le encantaban los vestidos de colores alegres y vistosos.

El sastre real se había encargado de hacer los vestidos de la reina desde que era pequeña. Pero el sastre estaba ya mayor, y cada vez le costaba más tener terminado a tiempo el vestido nuevo que la reina estrenaba cada domingo.

El sastre había intentado convencer a la reina para que le permitiera coger un aprendiz que le ayudara y que aprendiera el oficio. Pero la reina se negó, pues no confiaba en nadie más para su vestimenta que en su sastre de toda la vida.

Un día la reina decidió dar una gran fiesta e invitar a todos los nobles casaderos de los reinos vecinos, a ver si encontraba marido. Y como necesitaba tiempo para conocer bien a todos sus pretendientes, la reina pensó que lo mejor sería prolongar los festejos durante una semana.

-Tenemos cinco semanas para preparar todo -dijo la reina a todos sus sirvientes-. Iré a veros uno por uno para deciros lo que quiero que hagáis.

El sastre ya se iba cuando la reina lo llamó.

-Sastre, no te vayas. Tú tienes que empezar hoy mismo con tu trabajo. Quiero estrenar un vestido nuevo cada día durante los festejos. Y quiero también que mis cuatro damas lleven diferentes vestidos a juego con el mío.

-Señora, eso son muchos vestidos. Es mucho trabajo para mí solo -dijo el sastre-. No llegaré a tiempo. Si al menos me permitiérais buscar a alguien que me ayude….

-¡Ni hablar! -dijo la reina-. Empieza ya y no pierdas tiempo. Si no tienes todo listo cuando llegue el momento haré que te encierren en el calabozo hasta el final de tus días, donde seguirás cosiendo. Y no descuides los vestidos que estreno todos los domingos.

El sastre se fue a su taller a empezar con el trabajo que le había mandado la reina. Al finalizar el día, después de haberse esforzado al máximo, al sastre solo le dio tiempo a diseñar y cortar un solo vestido.

Muy preocupado el sastre se metió en la cama a descansar. Tenía que idear una manera de ir más deprisa, y eso estaba pensando cuando se quedó dormido.

A la mañana siguiente, el sastre descubrió que el vestido que había cortado estaba perfectamente cosido. El sastre no podía creérselo. ¿Quién habría hecho aquello?

Con mucha alegría, el sastre se puso manos a la obra y dejó cortado otro vestido más. Dejó algo de comida para su ayudante secreto y se fue a dormir. Al día siguiente, el sastre descubrió que el vestido estaba ya cosido.

-¡Oh, qué alegría! -dijo el sastre-. No sé quién estará haciendo esto pero, seas quien seas, gracias.

Tener terminados dos vestidos animó mucho al sastre. Y eso le dio energía para preparar otro vestido más ese día. Al día siguiente, el vestido estaba listo .

-¡Gracias, gracias! ¡Esto es un milagro! -decía el sastre mientras preparaba más vestidos.

Se aproximaba el comienzo de las celebraciones y el sastre tenía ya muchos vestidos terminados. Entonces de puso a echar cuentas y se dio cuenta de que no llegaría a tiempo. A un vestido por día, le faltarían varios vestidos por hacer.

-¡Oh, no! ¡Qué voy a hacer! Los festejos terminarán y no habré terminado todos los vestidos. Solo quedan tres días.

Pensando en eso se quedó dormido. Al día siguiente, el sastre encontró el vestido del día cosido y algo más con lo que no contaba. Los patrones de tres vestidos más.

-¡Oh, sí! ¡Gracias! ¡Qué gran favor! -exclamó el sastre-. ¡Esto me ahorra mucho trabajo! Los dejaré cortados y listos hoy mismo.

Al día siguiente los vestidos estaban cosidos y tres nuevos patrones listos para cortar las telas de nuevos vestidos.

-Los vestidos de la reina¡Qué alegría! -exclamó el sastre-. Mañana coseré los dos vestidos que quedan y habré terminado a tiempo.

Pero el sastre cortó tan rápido por la emoción que acabó a la hora de comer. Así que decidió hacer los patrones de los dos vestidos que le quedaban. Lo hizo tan rápido que incluso le dio tiempo a dejarlos cortados.

A la mañana siguiente, los cinco vestidos estaban ya cosidos.

-Bueno, amigo, seas quien seas, muchas gracias -dijo el sastre-. Y ahora que tenemos el día libre, ¿por qué no te presentas para que pueda darte las gracias en persona?

Dicho esto, de debajo de la mesa salió un duendecillo. Y detrás de él, nueve duendecillos más.

-¡Vaya! Esto sí que no me lo esperaba -dijo el sastre-. Muchas gracias. Lo que no sé es si la comida que he dejado ha sido suficiente para todos.

-Sí, era suficiente -dijo el primer duendecillo-. Pero no nos delates. Si la reina nos descubre se enfadará. No le gustan los duendes.

-Será nuestro secreto -dijo el sastre-. Conmigo podéis quedaros el tiempo que queráis. Cuidaré de vosotros.

La fiesta se celebró y fue todo un éxito. El sastre pudo descansar unos días gracias a la ayuda de los duendes. Y la reina pudo disfrutar de los mejores vestidos de todo el mundo.
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