Los monos de palacio
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Los monos de palacio

Edades:
A partir de 4 años
Los monos de palacio Había una vez un cazador que encontró dos monos saltando de árbol en árbol. El cazador pensó que los monos serían del agrado del emperador, así que los cazó y se los llevó a palacio.

Los monos no estaban satisfechos con su captura, así que no hacían más que intentar huir. Al emperador le hizo mucha gracia ver a los monos moverse por su jaula y oírlos gritar, así que pidió que les construyeran una jaula más grande. Al cazador le recompensó con un saco de monedas de oro.

Durante semanas los monos fueron el centro de atención en los jardines del palacio del emperador. Y recibían todo tipo de atenciones. Los monos pronto descubrieron que, cuánto más gritaban y más trataban de romper los barrotes más comida y golosinas recibían.

A las pocas semanas a los monos les ampliaron la jaula y les colocaron pequeñas trampas dentro, con lo que los monos estaba mucho más activos y hacían muchas más cosas, para deleite del emperador y de todo su séquito. Y los monos, tan contentos, pues no tenían tiempo de aburrirse y gozaban de todo tipo de lujos.

Pero a los pocos regresó el cazador. Traía un enorme león en una jaula. El emperador quedó encantado con la presa, y pagó al cazador dos bolsas de oro por aquel ejemplar.

—Ahora dejarán de prestarnos atención y perderemos todos nuestros privilegios —dijo uno de los monos.

Y así fue. Como todos estaban atentos al león los monos empezaron a pasar desapercibidos, y había días que ni siquiera se acordaban de darles de comer.

Pero lo peor llegó el día en que los monos descubrieron que iban a hacerle la jaula más pequeña para agrandar la del león.

—Tenemos que huir —dijo uno de los monos.

—Pronto se hartarán del león y nos devolverán todo nuestro espacio —dijo el mono.

—Deberíamos aprovechar cualquier oportunidad y marcharnos, no siendo que cuando se aburran decidan meternos con el león en la misma jaula para divertirse —insistió el primer mono.

—No harán eso, el emperador nos adora —dijo el segundo mono.

Pero el primer mono no quiso quedarse a ver quién tenía razón. Y en cuanto abrieron un pequeño hueco para reducir la jaula huyó.

Aunque no se fue muy lejos, sino que se escondió en el jardín del emperador, por si podía ayudar a su compañero. Y no tardó mucho en hacerlo, porque, como había intuido, el león y el mono acabaron compartiendo jaula.

—¡Oh, no! —exclamó el mono encerrado—. Mi amigo estaba en lo cierto.

Los monos de palacioEl mono que había escapado lo oyó y se acercó por la noche a ver a su compañero.

—Vamos, te ayudaré a escapar —le dijo. Y, abriendo la jaula, dejó libre a su amigo y los dos se escondieron en el jardín.

Cuando el emperador vio que los monos se habían escapado se quedó muy triste. Esa misma noche los pilló robando comida de su habitación. Pero no se enfadó, sino que se hizo el loco.

Desde entonces les deja comida en su habitación y en algunos lugares del jardín, y los observa. Pero no los ha mandado cazar, porque verlos libres saltando por los árboles del jardín le parece mucho más bonito.

Los monos han vuelto a ser los reyes del jardín, pero sin barrotes. Y todos están contentos, incluido el león, que ha sido devuelto a su lugar de origen.
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