La princesa que no sabía reír
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La princesa que no sabía reír

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La princesa que no sabía reír Había una vez una princesa que no sabía reír. Los mejores expertos del reino lo habían intentado todo, pero no había funcionado nada. La habían llevado al circo, le habían comprado los juguetes más graciosos, le habían contado toda clase de chistes, la habían llevado al teatro… pero nada. La princesa no se reía ni por equivocación.

Los reyes decidieron emitir un mandato real por el cual anunciaron que la persona que hiciera reír a la princesa recibiría como premio aquello que deseara.

Miles de príncipes, nobles y caballeros, pero también de labriegos y campesinos, llegaron al palacio con sus gracias para hacer reír a la princesa.

Pero todos pedían lo mismo a cambio: casarse con la princesa. Esto no le hizo nada de gracia a la princesa, que no solo no se reía, sino que empezó a ponerse triste.

Un día llegó al palacio una mujer con una niña de la edad de la princesa y ofreció sus servicios a los reyes para atender a la princesa.
- Si me permitís encargarme de la educación de la princesa os prometo que con la ayuda de mi hija la haré reír -dijo la mujer.
- Pero ¿qué harás junto con tu hija? - preguntó la reina.

Ella es parte de mi plan para hacer reír a la princesa -respondió la mujer. Estoy segura de que conseguiremos que la princesa sonreía con la sonrisa más bonita y más sincera que habían visto jamás.

Los reyes accedieron conmovidos por la alegría de la niña que acompañaba a la misteriosa mujer y también porque hasta entonces nada había funcionado.

Desde ese momento, todos los días, la princesa y la niña se reunían para asistir a las clases. Las niñas aprendían mucho juntas y pasaban el tiempo muy entretenidas. No parecía que la mujer hiciera nada especial para que la princesa se riera. Esto hacía a la princesa feliz, porque se sentía libre de ser ella misma.

Por las noches, la princesa oía a su compañera reír como loca en la habitación de al lado.

Después de una semana, la princesa sintió curiosidad por ver qué pasaba, y se acercó a su puerta a hurtadillas. Abrió con cuidado la puerta y vio cómo la mujer misteriosa le hacía algo a la niña por debajo de los brazos, algo que le hacía reír muchísimo.

A la mañana siguiente, la princesa preguntó a la niña por lo que había visto la noche anterior.
- ¡Son cosquillas! -dijo la niña-. Mi mamá me hace cosquillas por las noches. Es muy divertido.
- Me gustaría probarlas -dijo la princesa-. Parecías muy feliz.

La niña intentó hacerle cosquillas, pero la princesa no se reía.
- No te preocupes -dijo la niña-. Lo seguiré intentando hasta que lo consiga.

TLa princesa que no sabía reírodos los días la niña intentaba hacer reír a la princesa con sus cosquillas, pero la princesa no notaba más que un suave cosquilleo. Aun así, la niña lo seguía intentándolo, y la princesa se dejaba porque, aunque no se reía, le hacía parecía gracioso.

- Hazme las cosquillas tú a mí -dijo la niña.

La princesa hizo lo que le pidió la niña. Las risas de la muchacha hicieron sonreír a la princesa, que no se esperaba una reacción tan rápida a las cosquillas.

Entonces, la mamá de la niña, que las había estado observando, pilló por sorpresa a la princesa y le hizo unas cosquillas por detrás. Las risas contagiosas de la niña y las cosquillas repentinas hicieron que la princesa se riera.

Los reyes, agradecidos, le preguntaron a la mujer qué quería a cambio.
- Una amiga para mi hija -respondió.

Así fue como la mujer y la niña se quedaron a vivir en palacio y las dos niñas no dejaron de hacerse cosquillas ni sonreír ni una sola noche.
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