La pingüina Tina
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La pingüina Tina

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La pingüina Tina La Pingüina Tina no tenía buenos modales. Todos los días salía de casa temprano para ir a la escuela dando un portazo sin importarle si despertaba a los vecinos.

Por la tarde, ponía la música a todo volumen despertando de su siesta a los bebés pingüino de los vecinos y por la noche, no había quién pegara ojo porque la televisión de su cuarto siempre estaba muy alta. Tiraba las bolsas de snacks a base de krill al suelo y pegaba los chicles a los asientos del autobús. Sorbía la sopa de gambas haciendo un ruido espantoso y se colaba todos los días en la cola de la pescadería. Por si esto fuera poco, encima, nunca daba los buenos días, ni tampoco las gracias.

La Pingüina Tina disfrutaba mucho durante el invierno. Era su estación del año favorita. Usaba largas bufandas de lana muy gruesa, guantes de lana natural, jerseys de cachemira y divertidos gorritos con pompones de mohair. Le encantaba la lluvia y disfrutaba de lo lindo saltando sobre cada charco de agua que encontraba a su paso. Por ello, tenía una gran colección de botas de agua: con cordones, con cremalleras, con pequeñas hebillas doradas, forradas de lana de oveja, con estampados de topos, con corazones... Tina tenía un juego de botas de agua para cada día de invierno.

Toda su familia insistía en decirle que saltar sobre todos los charcos de agua que se encontraba en la calle, no estaba bien porque salpicaba a los demás viandantes, a los bebés pingüinos que iban en el carrito o a las ancianas pingüinas que se apoyaban en su bastón... Pero Tina sólo pensaba en pasárselo bien.
- Tina, hija, esas no son formas adecuadas de comportarse – le decía su mamá. Es de mala educación ir salpicando a los transeúntes.
- ¡Bah! ¡Que más da! Además yo me divierto mucho así– respondía Tina con una sonrisa.

Además de las botas de agua, Tina tenía predilección por los abrigos de lana. Tanto, que tenía un armario entero en su cuarto para guardarlos todos. Y de todos ellos, había uno que le gustaba especialmente. Era su preferido y lo trataba con mucho cuidado para que le durase toda la vida. Era un abrigo de lana de color rojo caperucita. Con botones de madera y bolsillos. Era precioso y súper calentito.

Un día en que llevaba puesto su abrigo de lana preferido, un autobús de dos plantas pasó sobre un enorme y profundo charco en la carretera empapándola de agua y barro de arriba abajo y estropeando sin remedio su precioso abrigo de lana rojo. Tina se enfadó muchísimo y llegó a su casa muy triste.

La pingüina Tina- Mira mamá, ¡mira lo que me ha pasado! Mi abrigo favorito… ¡Toda la culpa ha sido de ese autobús al que le ha dado igual que yo pasara al lado con mi abrigo!
- Ejem… - tosió la mamá de Tina - ¿Y cuántas veces te he dicho yo que tú no debías ir por la calle saltando sobre los charcos? ¿Eh?

Tina de repente se sitió muy culpable al entender lo mal que había estado hasta ahora ir saltando encima de los charcos. Se dio cuenta de que si ella no quería que le mojaran, ella no podía ir haciendo lo mismo a los demás. Y desde ese momento comenzó a portarse mucho mejor siguiendo los consejos de su familia, tratando a los demás como le gustaría que le tratasen a ella.
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