La niña perfecta
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La niña perfecta

Edades:
A partir de 8 años
La niña perfecta Adelaida era la niña perfecta. Adelaida era guapa, inteligente, sacaba buenas notas, se le daban bien los deportes, cantaba como los ángeles, tocaba el piano y el violín y vivía en una hermosa casa con sus padres y su hermano en perfecta paz y armonía, sin que les faltara de nada. Era una niña perfecta con la vida perfecta. Al menos eso creía Adelaida, que no paraba de presumir de la maravillosa vida que tenía.

Sin embargo, Adelaida no era feliz. Ella presumía mucho pensando que así conseguiría algo que echaba mucho de menos: tener amigos.

-Parece que esto de ir diciendo a los cuatro vientos lo maravillosa y perfecta que soy no funciona muy bien -pensó un día Adelaida, mientras se acicalaba frente al espejo para ir a clase-. Tendré que ser más discreta y seleccionar mejor con quién hablo. Invitaré a merendar a todas mis compañeras, una a una. Puede que incluso invite a alguno de mis compañeros también, cuando termine con las chicas. Seguro que cuando se corra la voz todo el mundo estará deseando que llegue su turno.

Esa misma mañana invitó a merendar a su casa a Berta, su vecina de enfrente, que era también compañera de clase. Pero Berta le puso una excusa para no quedar con ella. Adelaida se lo propuso después de Martina, otra de sus compañeras. Pero Martina tampoco tenía tiempo.

Adelaida probó a invitar esa tarde a merendar a cinco niñas más, pero ninguna aceptó la invitación. Todas estaban muy ocupadas.

Al día siguiente, Adelaida siguió haciendo la ronda a ver si conseguía que alguna de sus compañeras fueran a merendar con ella, pero tampoco hubo suerte.

-¿Cómo es posible que ninguna niña quiera ir a merendar con la chica más guay del colegio? -se preguntaba Adelaida mientras recogía sus cosas para regresar a casa.

En ese momento se acercó hasta ella Matilda, la única niña de la clase a la que Adelaida no había invitado a merendar.

-Hola, Adelaida -dijo Matilda.

-Ah, hola, eres tú -dijo Adelaida con un tono un poco despectivo.

-He visto que nadie puede quedar para merendar contigo -dijo Matilda-. Si quieres yo estoy libre.

-Bueno, si quieres -dijo Adelaida sin mucho entusiasmo-. Te espero a las seis, justo después de mi clase de canto lírico.

-De acuerdo, allí estaré -dijo Matilda.

A la hora pactada Matilda llegó a casa de Adelaida, justo cuando el profesor de canto lírico salía por la puerta.

-Hola Matilda, pasa. La cocinera nos ha preparado una merienda especial. Seguro que tú no comes de esto en tu casa.

-¿Por qué dices eso? -preguntó Matilda.

-Bueno, todo el mundo sabe que tú eres, ya sabes, más… menos… es decir, que tu familia no tiene….

-Mira, Adelaida, sé de sobra que no me habías invitado porque mi familia es muy humilde y porque a una niña pija como tú no le pega una chica como yo. Tal vez yo no vista de marca, ni mis padres tengan los coches más caros del mercado. Tal vez no tenga cinco profesores que vengan a mi casa a enseñarme todas las artes del mundo ni una cocinera que prepare los manjares más caros para una simple merienda.

La niña perfecta-Eres una desagradecida -le espetó Adelaida.

-¿Sabes qué te digo? -dijo Matilda-. Que no me ofendes. Yo no tengo que mendigar buscando a ver quién quiere merendar conmigo, porque entre mis padres y mis hermanos tengo la casa siempre llena de gente, como con ellos todos los días y entre mi madre y mi padre hacen maravillas en la cocina con las cosas más sencillas.

-Perdona, yo… -empezó a decir Adelaida.

-Mira, vamos a hacer una cosa -dijo Matilda-. Ven a mi casa a merendar. Seguro que algo improvisa mi padre, que es el que está ahora en casa con mis hermanos pequeños.

Adelaida aceptó la invitación y pasó la mejor tarde toda su vida. Cuando se fue pidió mil disculpas a Matilda, que las aceptó sin rencores. Ese día empezó una gran amistad.
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