La máquina de la buena fama
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La máquina de la buena fama

Edades:
A partir de 8 años
La máquina de la buena fama Dylan era un tipo peculiar. Se pasaba el día encerrado en su laboratorio creando máquinas futuristas. Su plan era convertirse en el inventor más importante de todos los tiempos. Pero con el tiempo Dylan no había conseguido inventar nada realmente que mereciera la pena. Cada vez que creaba algo interesante y lo quería patentar descubría que ya lo había creado otro. Así le pasó con las pastillas para dormir despierto, la máquina para pensar por dos, el chocolate sin calorías y los zapatos de espuma para caminar por las nubes.

Un día Dylan decidió que necesitaba un descanso. Se pasaba tantas horas encerrado trabajando que no le daba tiempo a ver qué habían inventado otros ni qué necesidades tenía la gente.

Dylan se subió a su monopatín flotante y se fue a dar una vuelta. Pronto descubrió que no conocía a nadie. Sin embargo, la gente sí parecía saber quién era él.

-Mira, ahí va el chiflado ese -decían unos.

-No os acerquéis, dicen que es muy desagradable y maleducado -decían otros.

-Estará loco, como todos los genios -se oía decir.

Dylan no entendía por qué la gente hablaba así de él, así que decidió enterarse. Volvió a casa, se disfrazó de robot mayordomo y fue a comprar a la tienda del barrio, en lugar de mandar a su robot, que es el que siempre iba.

Cuando entró, el dependiente le dijo:

-Vaya, tú eres nuevo.

-Vengo de parte del señor Dylan -dijo con voz robótica.

-¡Ese loco ya se cansó de su antiguo robot! ¡Con lo simpático que era! Ese dueño tuyo está como una cabra. Si tienes algo de inteligencia artificial mejor sería que te largaras de esa casa. Aunque seguro que ese lunático egoísta te ha programado para que hagas solo lo que a él le interese.

Dylan se hartó de oír todo aquello y se quitó el disfraz.

-¡No sé por qué piensa usted eso de mí! ¡Si no me conoce!

El dependiente se quedó paralizado. Unos segundos después empezó a gritar:

-¡Ayuda! ¡Científico loco amenazante! ¡Socorro!

Apenas terminó de hablar, tres agentes de seguridad cogieron a Dylan y se lo llevaron preso.

-¿Se puede saber qué pasa aquí? -preguntó desde la celda.

-No te molestes -dijo un tipo que había en la celda de enfrente-. En esta ciudad creen que todos los inventores y científicos estamos locos y que destruiremos el mundo con nuestros inventos.

-¿Desde cuándo ocurre eso? -preguntó Dylan.

-Llevas mucho tiempo enfrascado en tus inventos, por lo que veo. Esto lleva así unos años, pero se está poniendo peor. Alguien se está ocupando de alimentar nuestra mala fama.

-Saldré de aquí y le pondré remedio -dijo Dylan, que sacó uno de sus últimos inventos del bolsillo y desapareció.

Ya en su laboratorio, Dylan se propuso inventar la máquina de la buena fama. Pero por más que trabajó no consiguió nada. Siempre que salía terminaba rodeado de agentes de seguridad.

Su robot mayordomo, que sí estaba dotado de inteligencia artificial y, por lo tanto, podía pensar, le dijo:

-Dylan, ¿por qué no intentas darte a conocer? Si la gente ve que eres amable y que te preocupas por inventar cosas que le solucionen lLa máquina de la buena famaa vida a los demás seguro que todo se arregla.

-Pues tienes razón, amigo -dijo Dylan-. Empezaré por cambiar mi atuendo. Así será más fácil llegar a la gente.

Dylan siguió el plan y todos los vecinos descubrieron que el científico que tanto odiaban era en realidad un buen tipo. Dylan inventó una silla de ruedas flotante para una señora que tenía dificultades para subir las rampas. También inventó un paraguas enorme con patas que caminaba solo y que se abría automáticamente cuando detectaba lluvia para una madre que tenía cuatro niños y no daba abasto para resguardarlos cuando llovía. Y un detector de caquitas de perro que perseguía al dueño hasta que las recogía, un bastón que nunca se caía para las personas mayores, una crema facial que te hacía estar siempre sonriendo...y así un montón de cosas más.

Así fue como Dylan se dio cuenta que da igual lo que hagas, porque son tus actos los que hablan por ti, y de ellos, o de su ausencia, depende lo bien que le caigas a los demás. Y no hay máquina en el mundo que pueda cambiar eso.
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