La maestra siniestra
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La maestra siniestra

Edades:
A partir de 8 años
La maestra siniestra Tras muchos meses de recuperación y rehabilitación, Petra recuperó su trabajo como maestra y volvió a dar clase. En atención a sus limitaciones físicas destinaron a Petra a un colegio más cerca de su casa.

El primer día, en la reunión de principio de curso, sus nuevos compañeros la miraron con sorpresa. Todo el mundo sabía lo que le había pasado, pero nadie dijo nada. Se limitaron a mirarla con pena. A Petra no le sorprendió. No era la primera vez que le pasaba algo parecido desde el accidente.

A Petra le habían asignado la tutoría del cuarto curso de primaria. Cuando los alumnos vieron a su nueva tutora se quedaron impresionados. No tardaron en empezar a cuchichear y a hacer gracias sobre ella.

Petra llevaba un parche en el ojo derecho, tenía una gran cicatriz que le recorría la cara en el lado izquierdo, tenía un cabello extraño, con zonas sin pelo, cojeaba mucho y tenía problemas para mover el brazo izquierdo. A pesar de su gesto amable, su melodiosa voz y su bata blanca decorada con divertidos dibujos sus alumnos la miraban con cierto recelo.

Los niños no tardaron en ponerle un mote a Petra, a la que llamaban La Maestra Siniestra. A todos les hacía mucha gracia. Petra hacía como que no se enteraba, pero de sobra sabía cómo la llamaban. Incluso había oído a algunos adultos usar ese mote entre risas y burlas.

Ese curso en el colegio decidieron organizar una fiesta de Halloween para todo el barrio. Habría un concurso de disfraces con premio individual y colectivo. Nunca antes se había organizado una fiesta de este tipo y toda la gente estaba muy emocionada

Nadie contó con Petra para la organización de la fiesta. Al fin y al cabo, con lo que tenía a nadie le parecía que tuviera ganas de fiesta.

Llegó el día de la fiesta de Halloween. Los alumnos de Petra se habían puesto de acuerdo y todos se habían disfrazado de lo mismo: de maestra siniestra. Cuando llegaron a todo el mundo les hizo mucha gracia sus disfraces, con sus parches mugrientos, sus heridas sangrantes en la cara, sus pelos locos, sus batas manchadas de sangre adornadas con dibujos siniestros, su exagerada cojera y sus brazos a la virulé.


-El grupo de maestras siniestras ganará el concurso seguro -decía todo el mundo, admirando al grupo de cuarto de primaria, que bailaba en el centro de la pista mientras todos aplaudían.

Entonces llegó Petra. Todo el mundo se quedó mudo y paralizado.

-Creo que en este grupo falto yo -dijo Petra, con una gran sonrisa.

Petra se había quitado la pierna ortopédica que le hacía cojear. De su muslo colgaban piel, vasos sanguíneos y el extremo de un hueso roto y astillado. Su otra pierna mostraba heridas abiertas con un hueso roto asomando por la pantorrilla y mucha sangre. Su brazo izquierdo mostraba algo parecido, con el hombro hacia fuera y los huesos de la muñeca a la vista.

Petra había sustituido el parche habitual por otro que imitaba un ojo colgando. Toda su cara mostraba heridas sangrientas y en la cabeza se veían cristales clavados con mucha sangre.

Por último, para poder caminar, Petra llevaba una muleta hecha de huesos humanos.

Ante la parálisis que habían sufrido todos los asistentes a la fiesta, Petra dijo:

La maestra siniestra-La auténtica y genuina maestra siniestra ha llegado. Chicos, hoy el premio colectivo al mejor disfraz nos los llevamos nosotros. ¡A divertirse!

Sus alumnos se acercaron para pedirle disculpas. Se sentían muy culpables por haberse burlado de ella y por haberse reído de sus problemas. Petra les dijo:

-No os preocupéis. Yo he burlado a la muerte sobreviviendo a un accidente terrible. Nadie se puede reír de la vida más que yo.

Todos aplaudieron a Petra. A más de uno se le escapó una lágrima de emoción. Y es que la vida te puede dar muchos golpes, pero es tu actitud lo que marca la diferencia. Puedes elegir estar dolido y triste por lo que te ha pasado o estar agradecido por haber salido adelante.

Petra ganó el premio al mejor disfraz individual y, junto con sus alumnos, el premio al mejor disfraz colectivo. Pero ese día todos ganaron algo; aprendieron que riéndote de ti mismo nadie podrá hacerte daño con sus burlas y que te hace más feliz agradecer lo que se tiene que llorar por lo que se pierde.
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