La historia de Chillín, el de la voz de pito
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La historia de Chillín, el de la voz de pito

Edades:
A partir de 4 años
La historia de Chillín, el de la voz de pito Había una vez un niño al que todos llamaban Chillín porque, cuando hablaba, lo hacía chillando con una voz de pito insoportable. Chillín estaba muy acomplejado por ello, así que no solía abrir la boca.

Con el tiempo Chillín dejó de hablar, lo cual fue un descanso para sus amigos y vecinos. Chillín se comunicaba con lenguaje de signos y así no molestaba a nadie ni nadie se reía de él.

Un día llegó a la ciudad una niña nueva. En el colegio todos querían estar con ella. Decían que era la hija de un gran príncipe extranjero y que la había llevado allí para ocultarla de sus enemigos. Todos tenían muchas preguntas que hacer a la nueva chica.

-¿Cómo te llamas?

-¿Cuánto años tienes?

-¿Dónde está tu país?

-¿Te gustan los caramelos?

-¿Te gustaría venir a jugar con nosotras esta tarde?

Pero la niña no contestaba. Se limitaba a sonreír y ya.

Todos los niños empezaron a pensar que tal vez no entendiese su lengua, así que investigaron cómo hacer esas mismas preguntas en decenas de idiomas diferentes. Pero nada.

La niña había estado observando al niño mudo que se quedaba siempre atrás, que no era otro que Chillín. Aprovechando un momento que la dejaron sola, la niña se acercó a Chillín y le saludó con la mano.

Chillín sonrió y le devolvió el saludo. A la niña se le escapó una breve risa agudísima que no pasó desapercibida. Todos pensaron que había sido Chillín. Unos se rieron de él mientras otros le regañaron por asustar a la niña.

La niña, que no sabía lo de Chillín, huyó de allí, muy asustada, pensando que querían hacerle algo malo. Había huido de su país precisamente por eso.

Pasaron los días y la niña no aparecía. El padre de la niña regresó, alertado por la desaparición de su hija, y puso todos los recursos que tenía a su alcance para encontrarla.

-Ya la perdí una vez, no puedo perderla de nuevo -dijo el padre de la niña.

-Explíquese -preguntó el jefe de policía.

-La niña tiene una voz especial, una voz muy aguda y chillona que resulta muy molesta -dijo el padre-. Una vez se escondió porque alguien quiso robarle la garganta. Supongo que ha pensado que esta vez ocurriría lo mismo.

-Lo cierto es que no es así -dijo el jefe de policía-. Aquí nadie ha oído a su hija. El único que emite un sonido tan desagradable como el que indica es Chillín.

-¿No es ese el niño que estaba con ella la última vez que la vieron? -preguntó el padre.

-¡Traed a Chillín! -gritó el jefe de policía.

Cuando el niño llegó, el jefe de policía le contó la historia y luego le preguntó:

-¿Qué sabes, Chillín? Y, por lo que más quieras, no chilles.

CLa historia de Chillín, el de la voz de pitohillín explicó con lenguaje de signos lo que había ocurrido.

-Ha sido todo un malentendido -dijo el padre-. ¿Qué vamos a hacer ahora?

Chillín tuvo una idea. Pidió a todos que se taparan los oídos y, con su taladrante voz, llamó a la niña.

-Tranquila, no pasa nada -gritó Chillín-. Aquí nadie va a robarte la voz. Se reían de mí.

A los pocos minutos apareció la niña. Todos respiraron tranquilos.

Desde ese día, Chillín y Chillina, que así la apodaron, fueron grandes amigos. Los dos acordaron no hablar en presencia de los demás niños para no molestarles y verse todas las tardes en un lugar apartado para poder charlar y jugar.

Con el tiempo, Chillín y Chillina se convirtieron en los defensores de la ley más eficaces, porque con solo una voz podían aturdir a cualquier maleante que encontraran. Al final siempre hay alguna manera de convertir en virtud lo que una vez pareció un defecto.
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