La castañera
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La castañera

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La castañera Había una vez una mujer muy mayor que vendía castañas recién asadas en la plaza del pueblo. La anciana apenas tenía recursos, y vender castañas le ayudaba a sobrellevar el frío, que en esa zona ya era notable a partir de octubre.

Todos los vecinos del pueblo visitaba a la castañera al menos una vez por semana y le compraba un cucurucho de castañas recién asadas en el horno de leña que siempre la acompañaba. Los días de mucho frío, la castañera recibía aún más clientes, que no solo aprovechaban para calentarse las manos con las castañas recién asadas, sino que también se caldeaban a lado del horno.

Amanda visitaba a la castañera todos los días. Y no solo compraba su cucurucho diario, sino que le daba conversación a la castañera. La castañera estaba encantada de hablar con Amanda y siempre le contaba cosas de cuando era joven.

Un día, cuando Amanda fue a buscar sus castañas, se encontró que la castañera no estaba en su puesto habitual. La buscó por los alrededores. Finalmente, la encontró y fue hasta ella. Estaba parada con su carrito, en el que llevaba el horno y las castañas, a unos 200 metros.

Amanda fue corriendo hasta ella y la ayudó a llevar el carrito.

—Gracias, moza —dijo la castañera—. Estoy ya mayor y a veces me cuesta empujar el carrito.

—Esta tarde vendré a buscarla y la ayudará a llevar el carrito de vuelta a su casa —dijo Amanda.

—No quiero ser una molestia —dijo la castañera.

—Será un placer —dijo Amanda—. Y por las mañanas iré a buscarla también.

Así, día tras día, Amanda estuvo ayudando a la castañera. Hasta que un día, la anciana le dijo:

—No hace falta que vengas más, maja. Me he quedado sin castañas para asar.

—¿Quiere que vaya a comprar más para usted? —preguntó Amanda.

—Yo no compro las castañas, sino que las recojo en el castañar que hay aquí al lado —dijo la anciana—. Si las comprara, apenas me quedaría beneficio. Tendría que venderlas más caras, y mucha gente ya no me las compraría.

—Entonces yo misma iré al castañar a recoger castañas —dijo Amanda.

—Es un trabajo muy duro, moza —dijo la castañera.

—No me asusta el trabajo duro y, además, me encanta el campo —dijo Amanda.

—Entonces llévate estos sacos de arpillera —dijo la castañera—. Les cosí hace tiempo unas correas para cargarlo a la espalda y es muy cómodo de llevar.

Amanda cogió los sacos y, nada más salir de casa de la castañera, llamó a unos amigos para que la ayudaran. Estos accedieron con gusto, pues también apreciaban las castañas asadas de la anciana y, a ella, le habían cogido cariño.

Al día siguiente, Amanda se presentó con sus amigos y los sacos de castañas, llenos a rebosar.

—Gracias, mozos, habéis sido muy amables —dijo la anciana.

—También le hemos traído leña para el horno, por si le venía bien —dijo Amanda.

—Muchas gracias, moza —dijo la castañera—. Me viene muy bien, porque ya me quedaba poca.

La castañera—Mañana volveré a buscarla para bajar a su puesto, como siempre —dijo Amanda.

—Estoy ya muy mayor para estar todo el día a la intemperie —dijo la anciana.

—Tengo una idea —dijo Amanda—. Ponga el puesto a la puerta de su casa.

—Pero nadie querrá venir hasta aquí a comprar castañas —dijo la anciana.

—¡Claro que sí! —dijo Amanda—. De eso nos ocupamos nosotros.

Amanda y sus amigos hicieron correr la noticia de que la castañera había cambiado su puesto de castañas asadas. A muchos no les hacía gracia ir hasta allí, pero en cuanta Amanda contó que la anciana tenía dificultades para llegar con el carrito a su lugar de siempre, la gente lo entendió e hicieron el esfuerzo de ir hasta su casa.

Muchos, al ver cómo vivía, aprovecharon para llevarle cosas que necesitaba, como comida casera, mantas y otras cosas.

Y así, gracias a la ayuda de sus vecinos, la castañera pudo seguir asando sus castañas muchos años más.
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