La bruja que vendió su escoba voladora
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La bruja que vendió su escoba voladora

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La bruja que vendió su escoba voladora Había una vez una bruja que poseía una vieja escoba voladora. Con ella había viajado por todo el mundo y se había hecho famosa. Pero eso había quedado atrás hacía ya muchos años, porque la bruja yo no podía volar como antes.

A pesar de que la bruja había hecho todo tipo de modificaciones en su escoba, ya no era lo mismo. La escoba estaba muy bien, pero la bruja ya no estaba en forma y estaba llena de achaques y dolores. Lo único para lo que le servía la escoba a la bruja era para asustar a los curiosos que se acercaban a su cueva.

Un día, un hechicero que pasaba por allí sugirió a la bruja que usara la escoba para barrer. La bruja, muy ofendida, respondió al hechicero con un escobazo. Una joya como aquella merecía un uso mucho más elegante.

Al día siguiente, el hechicero volvió a pasar por la cueva de la bruja para hacer las paces con ella. Esta lo recibió con cara de pocos amigos.

Tras una breve conversación, el hechicero le propuso a la bruja otra solución para su escoba: alquilarla.

La bruja se ofendió todavía más que el día anterior. Pero esta vez se conformó con levantar la escoba y amenazar al hechicero, que salió corriendo.

Pasaron los días y por la cueva de la bruja no pasó nadie. Se había corrido la voz de lo que le había pasado al hechicero y nadie tenía ganas de recibir palos.

La bruja, mientras tanto, cogía la escoba para volar de vez en cuando. Pero cada vez le resultaba más difícil y más incómodo.

Después de un tiempo, el hechicero volvió a visitar a la bruja. En esta ocasión se preparó. Como sabía que los hechizos de protección no funcionaban en la cueva de la bruja, se puso un armadura y un buen casco.

Y se presentó el hechicero en la cueva de la bruja. Esta no le reconoció al principio, por lo que le arreó un escobazo en cuanto lo tuvo a mano.

El hechicero se alejó corriendo. Ya fuera de su alcance se quitó el casco y llamó a la bruja para que le viera bien la cara. Esta, sorprendida, pidió al caballero que volviera, y le pidió disculpas.

Esta vez el hechicero fue al grano, pues el golpe recibido le había dejado con pocas ganas de perder el tiempo con tonterías. Y le soltó su propuesta. El hechicero quería comprarle la escoba a la bruja.

Estaba a punto estuvo de atizarle otra vez, pero el hechicero la detuvo poniendo por delante una bolsa con monedas de oro. El tintineo de las monedas fue suficiente para que la bruja prestara atención y bajase la escoba.

El hechicero le explicó a la bruja que con todo ese dinero podría pagarse una buena clínica para que le ayudaran con sus problemas de salud. La bruja no estaba muy convencida, porque le tenía mucho apego a aquella vieja escoba.

Al ver sus dudas, el hechicero prometió a la bruja que cuidaría de la escoba y que le daría una nueva vida, digna y elegante, como ella quería.

La bruja no estaba segura. Llevaban mucho tiempo juntas y sentía mucho aprecio por ella. Además, algo en su interior le decía que la escoba deseaba volver a volar, a surcar los cielos y a sentirse libre.

Finalmente, la bruja accedió, cogió la bolsa de oro y se marchó, no sin antes darle al hechicero un escobazo de despedida; uno suave, para que no dejarle mal recuerdo.

La bruja acabó en un balneario de aguas termales, recibiendo masajes y baños de contraste, escuchando música chillout y tomando bebidas purificantes a todas horas. Pronto descubrió el yoga y, junto con otras brujas, magas, ogras y hadas, lo practicaba a diario.

Un día, el hechicero fue a visitar a la bruja. Esta salió a su encuentro con alegría, para sorpresa del hechicero. Este llevaba la escoba de la bruja de la mano.

La bruja que vendió su escoba voladoraAl verlo con la escoba, la bruja desconfió. Lo primero que se le ocurrió fue que el hechicero quería recuperar el dinero que le había dado. Pero este se adelantó y le dijo que solo era una visita de cortesía.

El hechicero le contó a la bruja que había restaurado la escoba y que ahora la alquilaba, pero solo a brujas suficientemente hábiles y experimentadas. Mientras le contaba la historia, el hechicero mostró a la bruja fotografías de todas las brujas que habían volado con su escoba y de todos los premios que habían ganado.

La bruja se sintió muy feliz de que su escoba volviera a ser útil y de que pudiera volar de nuevo. A pesar de que la echaba mucho de menos.

El hechicero, al ver a la bruja tan contenta y con tan buen aspecto, le preguntó si querría venderle su cueva. La bruja, que había comprobado lo buen negociante que era el hechicero y el éxito que había tenido con la escoba voladora, le propuso otra cosa mejor: alquilarle la cueva.

Al hechicero le pareció bien y se comprometió a pagarle a la bruja el balneario durante el tiempo que tuviera alquilada la cueva. Cerraron el trato y todos quedaron contentos.

Y todos quedaron contentos y felices… ¡hasta las perdices!
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