El saco de la felicidad
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El saco de la felicidad

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El saco de la felicidad Hace mucho tiempo, en una tierra lejana, vivía un hombre muy rico. Poseía inmensos tesoros y grandes extensiones de tierra. El hombre vivía en un lujoso palacio, rodeado de sirvientes que cumplían todos sus deseos.

Una tarde, mientras paseaba por los jardines de su gran mansión, el hombre rico encontró a un niño durmiendo bajo una higuera. El niño estaba metido dentro de un saco de arpillera, que le servía para protegerse del frío.

El hombre rico se detuvo a contemplar al niño dormido. Parecía un mendigo. Al hombre le sorprendió que, siendo tan pobre, pudiera dormir tan plácidamente debajo de aquel árbol.

Mientras el hombre miraba al niño, este se despertó.

—¿Qué haces aquí, pequeño? —preguntó el hombre rico.

—Le estaba esperando, señor —dijo el niño—. Le traigo un regalo. Se lo daré a cambio de un techo bajo el que dormir y un plato de comida caliente cada noche.

—¿Qué puedes tener tú que a mí me interese? —preguntó el hombre rico.

—Este saco, señor —dijo el niño—. Es el saco de la felicidad. Si consigue llenarlo será usted la persona más rica del mundo.

El hombre rico decidió aceptar el regalo y dar al pequeño mendigo lo que había pedido.

—Dormirás en el establo y todas las noches mis sirvientes te llevarán allí las sobras recalentadas de la cena —dijo el hombre rico—. Pero te quiero fuera de aquí durante el día.

El niño agradeció al hombre rico su generosidad y le entregó el saco. El hombre rico se fue de allí muy contento con su saco de la felicidad, dispuesto a llenarlo.

El hombre rico empezó a meter en el saco todas sus monedas de oro, todas sus joyas y todos los objetos valiosos que poseía: las vajillas de oro decoradas con piedras preciosas, las cuberterías de plata y todo lo que fue encontrando.

El hombre rico tardó varios días en meter en el saco todo lo que tenía. ¡Qué feliz se sentía, viendo la gran cantidad de riquezas que cabían en el saco!

Cuando el hombre rico acabó de meter todo lo que tenía miró en su interior. Pero dentro del saco no había nada. ¡Estaba completamente vacío!

El hombre rico se puso muy nervioso. ¿Dónde estaban sus monedas? ¿Dónde habían ido a parar su oro, su plata y sus piedras preciosas? ¿Dónde habían caído todas sus riquezas?

Muy malhumorado, el hombre rico fue al establo a buscar al niño. Estaba seguro de que le había engañado y que, de alguna manera, le había robado todo lo que había metido en el saco.

Pero todavía era mediodía, así que el niño no había llegado al establo. El hombre rico se sentó en la puerta a esperar a que llegara. Pidió a sus sirvientes que le llevaran algo de comer. Pero estos se habían ido, pues el hombre rico se había quedado sin nada y ya no podía pagarles.

Así que al hombre no le quedó más remedio que ir él mismo a prepararse la comida. Pero este nunca había hecho nada, así que no sabía ni por dónde empezar. Después de un rato mirando la cocina sin saber cómo usar las cazuelas o cómo encender el fuego, finalmente cogió un plato, lo llenó de fruta y se fue al establo.

Empezaba a anochecer cuando el niño llegó. El hombre se levantó y le gritó:

—¡Eh, tú, pequeño ladrón! ¿Qué has hecho con mis riquezas?

—Primero deme la comida caliente que me prometió y cumpla su parte del trato —dijo el niño.

—Mis sirvientes me han abandonado porque lo he perdido todo— dijo el hombre.

—¿Qué hizo? —preguntó el niño.

—Meter todos mis tesoros y mis monedas en el saco, como tú me dijiste— dijo el hombre.

—Yo no le dije que metiera su fortuna en el saco, solo le dije que lo llenara —dijo el niño—. Pero si no me da algo caliente recuperaré el saco y me iré de aquí.

—Tendrás que preparártelo tú, porque yo no sé cómo hacerlo —dijo el hombre—. Ven conmigo y te mostraré la cocina.

El niño se fue muy contento con el hombre a la cocina.

—Le puedo preparar la cena si quiere, señor —dijo el niño—. Estoy seguro de que le sentará bien algo caliente.

El hombre asintió levemente con la cabeza, pero no dijo nada.

—¿Quiere o no quiere usted que le prepare la cena? —preguntó el niño.

—Sí, por favor —dijo el hombre.

El chico preparó una sopa excelente, ante la mirada atenta de su anfitrión.

Mientras comían, el chico le dijo:

—El saco está vacío porque no ha metido usted las riquezas correctas, señor —dijo el niño.

—No lo entiendo —dijo el hombre—. ¿Es que tenía que haber metido el oro de otro? ¿Tenía que haber robado? ¿O es que tenía que haber metido solo el dinero ganado con el sudor de mi frente?

—Nada de eso —dijo el niño.

—Me has engañado, chico —dijo el hombre—. Yo ya era feliz y rico.

— Si sus tesoros le hacían rico y feliz, ¿por qué los metió en el saco? —le preguntó el niño.

El hombre se quedó pensando. No sabía qué contestar.

—Mira dentro del saco otra vez —dijo el niño.

El hombre miró, pero no vio nada.

—¿Qué se supone que tengo que encontrar dentro del saco? —preguntó.

—No ve nada porque nada ha metido aún —dijo el niño—. Puedo irme con el saco o quedarme aquí, si mantiene su parte del trato.

Durante días, el niño siguió vagando por el día, preparando la cena para él y para su anfitrión y durmiendo en el establo por la noche.

Mientras tanto, el hombre se pasaba el día paseando por los jardines, sin soltar su saco de la felicidad.

Las flores habían empezado a ponerse mustias, así que las regó.

Las frutas habían empezado a caer de los árboles, así que las recogió.

Las hojas secas y la tierra habían empezado a invadir los caminos, así que los barrió.

La hierba había crecido mucho, así que la segó.

Dentro del palacio, el polvo y las telarañas habían empezado a ensuciarlo todo, así que lo limpió.

La leña para encender fuego en la chimenea se había acabado, así que la recogió.

Una noche, mientras el niño preparaba la cena, le preguntó si podía enseñarle a cocinar. El niño accedió de buena gana.

Habían pasado muchos días desde que el hombre descubrió que su saco de la felicidad estaba vacío cuando el niño le preguntó:

—¿Ha llenado ya el saco?

El hombre contestó:

—Todavía no he encontrado nada para meter en él.

—¿Está seguro? —preguntó el niño—. ¿No es ahora más feliz?

EEl saco de la felicidadl hombre se quedó pensando. Hacía tiempo que no se sentía desdichado, que no pensaba de dónde sacar más oro o más tesoros para seguir llenando el saco.

—Llevó el saco vacío conmigo todo el día, pero no meto nada dentro —dijo el hombre—. ¿No lo ves? ¿No ves que no hay nada en su interior?

El hombre abrió el saco y, para su sorpresa, encontró muchas riquezas.

Encontró sosiego, el sosiego que había hallado cuidando y limpiando el jardín y el palacio.

Encontró belleza, la belleza de su casa limpia y cuidada por sus propias manos.

Encontró sencillez, la sencillez de vivir sin grandes lujos ni preocupaciones banales.

Encontró gratitud, porque se sentía realmente afortunado de haber encontrado a aquel niño que le había mostrado que la verdadera riqueza no estaba en las cosas materiales.

Y se encontró a sí mismo, lo que él era, despojado de oro, plata y piedras preciosas.

Esa noche el hombre, sintiéndose rico de nuevo, durmió dentro del saco, en el jardín, bajo la higuera donde había encontrado al niño semanas atrás.

Primero se sentó, apoyando su cuerpo contra el tronco del árbol. El jardín se veía precioso desde allí, iluminado por la luz de la luna llena. Un búho ululaba en la lejanía. El suave viento movía delicadamente las ramas de los árboles.

El hombre rico inhaló profundamente. Cerró los ojos y contuvo unos instantes la respiración. Después exhaló lentamente, hasta que no quedó ni una brizna de aire en su interior.

Inhaló una vez más, esta vez más despacio. Contuvo la respiración, como si así el perfume no pudiera escaparse. Exhalo de nuevo, pausadamente.

Repitió ese mismo ciclo durante un ratito más, sin pensar en nada. Sintiendo, simplemente.

Después se tumbó en el suelo, apoyando su cabeza en las raíces que asomaban. Para su sorpresa, las raíces se acomodaban perfectamente a su cuello y a su cabeza. Estaba realmente cómodo allí echado, bajo la higuera.

Poco a poco, el hombre rico fue cerrando los ojos. Una leve sonrisa asomó en sus labios. Se sentía en paz consigo mismo.

Su cuerpo se fue aflojando. Nada podía perturbar ya su descanso. Sintiéndose uno con la tierra que lo acogía, el hombre rico se quedó plácidamente dormido.
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