El príncipe vago
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El príncipe vago

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El príncipe vago Hace mucho tiempo, en un país lejano, vivía un príncipe que se pasaba el día sin hacer nada y por eso le llamaban el príncipe vago.

Sus padres, el rey y la reina, no sabía qué hacer con él para animarle a que hiciera algo. El príncipe se negaba a hacer cualquiera de las cosas que le proponían, y se pasaba el día mirando por la ventana, paseando por los jardines de palacio o mirando al cielo.

Un día, el rey y la reina tuvieron que ausentarse del palacio, y encomendaron al príncipe la dura tarea de encargarse del reino.

El príncipe vago pensó que dirigir el reino era algo de lo que se encargaban los consejeros y los ministros. Pero descubrió que no era así.

En ausencia de sus padres, el país se volvió loco. Empezaron las luchas por el poder y las discusiones entre las personas para ver quién conseguía imponerse a los demás.

Los días pasaban, los reyes seguían sin volver y el príncipe se dio cuenta de que era su deber actuar, pero ningún consejero o ministro le hizo caso. Es más, intentaron cazarlo para meterlo en las mazmorras. Pero el príncipe huyó a tiempo, y se alejó de aquel lugar.

- ¿Qué voy a hacer ahora? -se lamentaba el príncipe.

En ese momento, pasó un jinete por allí. Era un mensajero real que, al ver al príncipe, se paró para darle una carta. Era de sus padres. Necesitaban ayuda. Llevaban meses cautivos. Una banda de bandoleros los había capturado.

El príncipe pensó en volver para pedirle al ejército de su padre que acudiera a rescatarlos. Pero con lo que había visto, el muchacho dudó de que fuera a servir para algo.
- Yo te acompañaré, joven príncipe -dijo el mensajero.

El príncipe y el mensajero viajaron durante meses. Pasaron hambre, frío y muchas calamidades. El príncipe vago tuvo que aprenden a cazar, a cocinar e incluso a remendarse la ropa él mismo. Tuvo que aprender a cuidar del único caballo que tenían, a subir a los árboles a coger fruta y buscar bayas. Incluso tuvo que aprender a manejar la espada y el arco por si tenía que luchar con quienes habían cogido a sus padres.

Por fin, llegaron al lugar donde los reyes estaban presos. Pero estaban muy bien vigilados, y era difícil llegar a ellos y sacarlos de allí sin hacer ruido.

- Nos haremos pasar por mendigos y les pediremos limosna. Les ofreceremos, a cambio, un secreto -dijo el príncipe.

Los dos muchachos se acercaron a la banda de ladrones. El príncipe les ofreció contarles cómo asaltar el palacio real si les dejaban pasar la noche allí.
Los ladrones accedieron. A la mañana siguiente, el príncipe les contó el secreto y, cuando se fueron, liberó a sus padres.

- ¿Qué has hecho? -preguntó el rey-. ¡Estás loco!
- Tranquilo -respondió el príncipe-. Tu reino está hecho un desastre. Además, solo les he contado una parte. Cuando lleguen, el ejército los detendrá.

Los reyes, el príncipe y el mensajero regresaron a su país. Cuando llegaron, el ejército ya había apresado a toda la banda de ladrones.

El príncipe vagoPero el rey no podía creer lo que veía. Su reino se había vuelto pobre, y reinaba el alboroto y la miseria por todas partes.

- A partir de ahora, todo volverá a ser como antes -sentenció el rey.

El rey reunió a los pocos servidores leales que quedaban, que habían sido encarcelados, y encerró a los que se habían aprovechado de su ausencia.
El muchacho, convertido ya en un hombre, ayudó a su padre el rey a dirigir el reino, que volvió a florecer.

Un día, al cabo de mucho tiempo, el mensajero le preguntó por qué había sido tan vago de niño. El príncipe le respondió:
- Todo el mundo se empeñó en decir que era un vago, y pensé que ese era mi destino. Pero he comprendido que yo soy quien debe elegir lo que quiere ser, y que no debo dejar que las etiquetas que me pongan los demás nublen mi camino.

Y así fue como el joven príncipe se convirtió en un gobernante trabajador y respetado por su pueblo.
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