El pirata Barbafalsa y los tiburones de mentira
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El pirata Barbafalsa y los tiburones de mentira

Edades:
A partir de 4 años
El pirata Barbafalsa y los tiburones de mentira El pirata Barbafalsa llevaba una barba de pega, de esas que se usan para disfrazarse. Todo el mundo lo sabía, pero él pensaba que nadie se había dado cuenta. Así que presumía de barba como si fuera de verdad.

Lo que ocurría es que el pirata Barbafalsa no tenía ni un solo pelo en la cara y él quería lucir una barba bien poblada, porque, según él, sin barba no se podía ser un pirata de verdad.

Lo que no sabía el pirata Barbafalsa es que lo más importante de ser pirata no tiene que ver con el aspecto, y mucho menos con el pelo que te cuelga de la cara. Aunque no tardó mucho en descubrirlo, gracias a algunos de sus compañeros de tripulación.

La idea fue del grumete Telerín, que sufría mucho cuando el pirata Barbafalsa se ponía a hablar de las maravillas de su barba y veía a todos los demás reírse a sus espaldas.

Un día, llamó al cocinero y le propuso una idea para que el pirata Barbafalsa descubriera que tenía todo lo que de verdad necesita un buen pirata. Entre los dos construyeron unos tiburones de mentira y los dejaron escondidos en uno de los botes, justo el que usaban ellos cuando desembarcaban, listos para usar en el momento apropiado.

Y el día llegó. Estaba atardeciendo. Hacía un rato que el vigía había anunciado “¡Tierra a la vista!”. Todo estaba preparado para coger los botes y acercarse a la playa, pues en aquel lugar no había puerto.

El grumete Telerín y su amigo el cocinero se apresuraron para ser los primeros en bajar al mar con sus botes. Una vez allí soltaron los tiburones de mentira. En realidad no eran más que unos trozos de madera, corcho y algunos huesos sobrantes de la comida con forma ovalada con una aleta que había pintado cuidadosamente. Una vez en el agua daban el pego, y más al atardecer.

Una vez que los tiburones de mentira estaban en el agua, el grumete Telerín y el cocinero esperaron a que el pirata Barbafalsa estuviera en su bote.

Cuando lo vieron, el grumete Telerín y el cocinero se tiraron al agua y empezaron a gritar, metiendo y sacando la cabeza del agua para simular que se estaban ahogando:

—¡Socorro, socorro! ¡Tiburones!

El pirata Barbafalsa se quitó las botas y la casaca, cogió un gran cuchillo y se tiró al mar. Rápidamente se lio a cuchilladas con los tiburones.

Solo después de un rato se dio cuenta de que no había tiburón alguno, solo unos cuantos pedazos de materiales diversos.

El pirata Barbafalsa y los tiburones de mentira¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el pirata Barbafalsa.

—Que acabas de demostrar que para ser una gran pirata no hacen falta valor y agallas, nada más —dijo el grumete Telerín.

El pirata Barbafalsa se llevó la mano a la cara y se dio cuenta de que su barba había desaparecido.

—¿Por qué nadie se ríe de mí, ahora que he perdido mi barba? —preguntó el pirata Barbafalsa.

—Porque lo que has hecho ha sido admirable —le contestó otro pirata.

Desde entonces el pirata Barbafalsa ya no disimula que lleva barba de pega, solo que ahora cambia de modelo según le apetece. Porque, después de todo, a él le gusta llevarla. Simplemente que ahora no la pensando en el qué dirán, sino porque le apetece. Así que unos días se la pone larga, otros corta, otros rubia, otros morena o pelirroja y, si le viene en gana, se la pone de colores, que dan mucha alegría.
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