El mago anciano
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El mago anciano

El mago anciano Había una vez un mago centenario que, a lo largo de su vida, había defendido, curado y protegido a los miles de habitantes del reino de Cascarrión. Pero el tiempo no pasa en balde, ni siquiera para el mago centenario que, tras 652 años de vida, ya no tenía la misma fuerza de antes.

Los habitantes del reino de Cascarrión estaban preocupados. El mago, convertido en un anciano, ya no podía defenderlos como siempre.

La noticia de que el mago de Cascarrión cada vez estaba más débil corrió por todos los rincones del mundo. Muchos saqueadores y villanos se preparaban para el momento en el que, por fin, el reino de Cascarrión quedase desprotegido. Los reinos vecinos conspiraban para conquistar el reino.

Pero la noticia también llegó a otros magos que buscaban fama y gloria. Y qué otra cosa podría ser más glorioso para un mago que ser el sucesor del gran mago de Cascarrión.

Y así, decenas de magos venidos de todos los rincones del mundo fueron llegando al reino de Cascarrión. Uno a uno fueron presentándose ante el consejo de gobierno, esperando ser los elegidos para sustituir al gran mago.

Las semanas pasaban y el consejo no se decidía. Al ver la demora en tomar una decisión, el gran mago se presentó ante el Gran Consejo para ofrecer su opinión. Pero los miembros del consejo lo ignoraron, diciéndole cosas como estas:

-Estamos muy agradecidos por tu servicio, pero ya eres mayor y tienes que descansar. Podemos arreglarnos solos para esto.

-Descansa, que ya has trabajado suficiente. Deja que los jóvenes tomen el relevo.

Al ver que ya no le querían allí, el mago anciano cogió hizo un hatillo con sus cosas y se fue del lugar.

Muchos lo vieron partir y se despidieron de él, agradeciéndole su servicio. Pero nadie intentó retenerle.

Semanas después el Gran Consejo consiguió elegir un mago al que entregaron las llaves de la torre de hechicería.

-Aquí encontrarás todo lo que necesitas para defender el reino y ayudarnos a prosperar.

Pero el joven mago no sabía ni por dónde empezar. Los libros estaban sometidos a un potente hechizo para evitar que la información cayera en malas manos. Lo mismo ocurría con los mapas, los artefactos mágicos y los ingredientes para los hechizos. Por no poder, el joven mago no podía ni siquiera entrar en el dormitorio principal.

Al ver que no podía hacer su trabajo, el joven mago se despidió. Y lo mismo ocurrió con los otros magos que intentaron instalarse en la torre.

-Hay que encontrar al mago anciano -le dijo uno de los jóvenes hechiceros que no fracasó en el intento de instalarse en la torre.

-¡Pero si es un viejo! -dijo uno de los miembros de Gran Consejo.

-Es un anciano que lleva ciento de años aquí y que conoce todos los entresijos del lugar -dijo el joven mago-. Sin su conocimiento nadie podrá instalarse en la torre y aprovechar el poder que esta encierra.

El Gran Consejo se reunió de nuevo para decidir qué hacer.

-Nadie sabe dónde está -decían unos.

-Mandemos a alguien a buscarlo -decían otros.

Discutiendo estaban cuando el mago anciano entró en la sala.

-El mago anciano¿Me buscabais? -preguntó.

-¿Cómo sabías que te necesitábamos? -preguntó el jefe del consejo.

-Soy viejo, pero sigo siendo mago -dijo-. He velado por vosotros toda mi vida. ¿En serio creíais que ya no detectaría vuestras necesidades?

-Llevamos tiempo intentando que un mago ocupe la torre, sin éxito -dijo uno de los miembros del consejo-. ¿Por qué no viniste entonces?

-Porque nadie se acordó de mí hasta que uno de los magos os sugirió que me llamaseis -dijo el mago.

-Sentimos muchos haberte despreciado así, gran mago -dijo el jefe del consejo-. Tal vez no seas tan poderoso como antes, pero sigues siendo sabio y aún conservas mucho poder.

-Mi poder es cada vez menor, pero no así mi conocimiento y sabiduría, que crecen a cada día que pasa -dijo el mago.

El mago se instaló en la torre de nuevo, junto con su joven compañero mago, al que enseñó todo lo que sabía. Y juntos protegieron Cascarrión durante casi cien años más. Y es que los ancianos todavía tienen mucho que aportar, aunque haya cosas que ya no puedan hacer igual que antes.
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