El Lago de Lágrimas
Síguenos en:

El Lago de Lágrimas

Edades:
A partir de 4 años
El Lago de Lágrimas Los vecinos de la pequeña ciudad de TristesGentes estaban siempre decaídos, desanimados y afligidos. En otras palabras, estaban siempre tristes.

Junto a TristesGentes se encontraba el Lago de Lágrimas. O al menos eso decían, porque el Lago de Lágrimas no aparecía en ningún mapa ni tampoco existían ninguna foto.

Un día, llegó a la ciudad de TristesGentes Tristán, un muchacho que deseaba conocer Lago de Lágrimas. Estaba seguro de que, si conseguía encontrarlo, haría mucho dinero vendiendo las fotografías del paraje.

Tristán preguntó a los vecinos de TristesGentes, pero nadie dio ningún dato. Solo se limitaban a quejarse y a lamentarse.

Pero como el chico era muy persistente, decidió quedarse en TristesGentes e investigar por su cuenta.

Con el paso de los días, Tristán se dio cuenta de que, a pesar de que la gente estaba siempre triste, en aquel lugar no lloraban ni los niños.

—¡Eso es! —exclamó Tristán—. Seguro que se van al lago a llorar, y por eso lo llaman el Lago de Lágrimas, porque recoge las lágrimas de los vecinos tristes.

Tristán decidió entonces que iba a seguir a la gente que salía del pueblo, especialmente a los que tuvieran pinta de estar más abatidos.

Pero pasaron los días y Tristán no había descubierto nada. Estaba tan frustrado que tenía una ganas de llorar tremendas, pero no le salían las lágrimas.

Entones, un papel se coló por debajo de su puerta. En él estaban escritas las coordenadas de un lugar y un mensaje que decía: “Te espero”.

Tristán fue al lugar indicado. Y allí estaba, oculto entre los matorrales, un pequeño lago. Junto a él se encontraba un pequeño duende.

—¿Es aquí donde lloran los vecinos de TristesGentes? —preguntó Tristán. El duende le respondió:

—Aquí lloran ellos y aquí puedes llorar tú también —dijo el duende.

—Prefiero llorar solo —dijo Tristán, sintiendo cómo las lágrimas asomaban en sus ojos.

—Por supuesto, muchacho; te dejo solo con tus penas —dijo el duende. Y se retiró entre risas.

Esto puso en alerta a Tristán. Recogiendo una lágrima furtiva que estaba a punto de caer al lago, se levantó y llamó al duende. Pero este ya no estaba.

—¡Qué raro! —pensó Tristán.

Con la mosca detrás de la oreja, el muchacho fue en busca del duende. Pero después de un rato no logró encontrarlo. Así que decidió ir a hacer unas fotos al lago y volver a su casa. Al fin y al cabo, era eso lo que había ido a hacer allí.

Pero en cuanto Tristán sacó la cámara, el duende apareció, enfurecido, y gritó:

—¿Qué haces? ¡Aquí no se pueden sacar fotos!

—¿Por qué? —preguntó Tristán.

—Porque lo digo yo —dijo el duende, con muy malos humos.

—Ni hablar, duendecillo —dijo Tristán—. Voy a fotografiar esto y me voy de aquí.

—¡Eso no es posible! —exclamó el duende—. Los que lloran aquí no vuelven a su casa, sino que se quedan en GentesTristes a vivir para siempre.

Tristán empezó a pensar que allí había gato encerrado, así que decidió tirarle un poco de la lengua al duende, tendiéndole una trampa.

—Te pagaré una buena suma de dinero si me explicas cómo se hace esto —dijo Tristán.

—El conjuro no está en venta —dijo el duende; y enseguida se dio cuenta de que había metido la pata.

El Lago de Lágrimas—Está bien —dijo Tristán. Y se fue de allí.

Al día siguiente regresó y se escondió, a ver qué pasaba allí. Pronto llegó al lugar una brujo con unos enormes frascos vacíos.

—¿Diez monedas por llenar cada frasco, como siempre? —preguntó el brujo.

—Sí, señor, como siempre —respondió el duende.

Mientras el duende llenaba los frascos, Tristán observó cómo bajaba el agua del lago. Y descubrió que aquello no era un lago, sino una gran bañera.

“Seguro que tiene un tapón”, pensó Tristán. Así que, en cuanto el brujo se fue y el duende desapareció, el muchacho se zambulló en el lago y buscó el tapón. Cuando lo encontró, lo quitó y todas las lágrimas se precipitaron a través de él.

Tristán regresó enseguida a TristesGentes. Pero no halló a los vecinos amargados de siempre, sino a gente alegre y feliz, que cantaba, reía y bailaba.

—Gracias por romper el hechizo —le decían todo aquel con el que se cruzaba, mientras le abrazaban.

Y así fue como la ciudad de TristesGentes se convirtió en la Villa de AlegresGentes, para siempre.
Puntuación media: 8,2 (184 votos)
Tu puntuación:
Cuentos con valores similares