El gato malabarista
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El gato malabarista

Edades:
A partir de 6 años
El gato malabarista Había una vez un gato que vivía muy feliz con su familia de humanos, en una casa preciosa, calentita y llena de sitios para esconderse. Todos los días le daban de comer, le acariciaban, le rascaban, le peinaban y jugaban con él. Era una vida maravillosa, llena de mimos y de caprichos. Tenía la mejor comida de gatos, los mejores juguetes para gatos y los mejores mimos para gatos.

Pero un día, la familia del gato se fue a vivir a otra casa y no se lo llevaron con él.

-Lo siento, amigo, pero no puedes venir con nosotros -le dijeron-. Suerte.

Y allí se quedó el pobre gatito, abandonado a la puerta de la que siempre fue su casa, sin entender por qué no podían llevarle con ellos. Ni siquiera se molestaron en buscarle otra familia.

El pobre gato vagabundeó durante días, buscando comida en los contenedores y colándose en cualquier lugar que oliera a comida. Estaba sucio y triste, y no sabía qué hacer. La pena por haber sido abandonado le quemaba por dentro.

-Siempre fui fiel, siempre les quise, siempre jugué con ellos. ¿Por qué me dejaron de querer? -pensaba el pobre gatito.

Pero un día el gato se dijo a sí mismo:

-Se acabó. Tengo que buscar otra familia que me quiera. No puedo seguir así, lamentándome por mi mala suerte sin hacer nada para cambiarla. Seguro que hay mucha gente que desearía tener un gato como yo.

Todo decidido se fue al río y se bañó. Fue un gran sacrificio, pero el gato estaba seguro de que nadie le querría si estaba sucio y olía mal.

Después, el gato empezó a pasear por la ciudad a observar a la gente.

-Si quiero que alguien me acoja tengo que llamar su atención -pensó el gato-. ¿Qué hace la gente para que la miren?

Entonces el gato se fijó en que había gente petrificada que saludaba cuando alguien le daba alguna moneda. El gato hizo lo mismo, pero solo consiguió llevarse alguna patada.

Luego el gato vio a gente que ofrecía cosas a los transeúntes, a cambio de las cuales recibía monedas. El gato intentó hacer lo mismo, pero tampoco le salió bien.

YEl gato malabaristaa estaba a punto de tirar la toalla cuando vio a un señor lanzando peces de colores al aire, haciendo juegos malabares. El gato se puso a su lado y, cada vez que un pez se caía, él se lo iba a buscar. El malabarista le dio las gracias al gato, así que este se quedó allí.

Cuando el malabarista se cansó, el gato cogió los peces y se puso a jugar con ellos, como hacía el malabarista. Todos los que pasaron por allí se quedaban mirando y aplaudiendo. Y muchos dejaban monedas a sus pies.

El malabarista estaba tan contento que invitó al gato a ir con él. No era eso en lo que pensaba el gato, pero le pareció una buena idea. Ahora son socios inseparables. El gato no solo ha encontrado un hogar, sino un compañero.
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