El duende, la bruja y la longaniza
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El duende, la bruja y la longaniza

Edades:
A partir de 6 años
Valores:
El duende, la bruja y la longaniza Había una vez un duende muy avispado que era conocido por su habilidad para apropiarse de lo ajeno. Todos los sabían, y por eso procuraban estar lo más lejos que podían de él.

Como nadie se fiaba del duende, este decidió abandonar su aldea y probar suerte en otros lugares. Pero su fama había llegado lejos, por lo que tuvo que caminar mucho tiempo hasta llegar a una aldea donde nadie había oído hablar de él.

Cuando por fin llegó a un sitio donde podía robar a gusto, estudió a los habitantes con disimulo.

-No puedo robar a los lugareños, pues pronto me echarán la culpa, pues soy forastero -pensó el duende.

Y siguió con sus cavilaciones:

-Tendré que ser más listo y acercarme solo a los visitantes, a los que estén de paso. Y no quitarles demasiado, para que no se den cuenta de que les falta algo hasta que no estén muy lejos.

Y así, el duende fue sobreviviendo, como pudo. De vez en cuando trabajaba en la posada, limpiando mesas, para disimular, más que nada. No siendo a algún vecino le saliera de ojo que, sin hacer nada, pudiera comer todos los días.

Un día, mientras limpiaba mesas, el duende observó a un forastero que llevaba un morral lleno a rebosar de queso y embutidos. Al duende se le hizo la boca agua y, haciendo uso de sus habilidades, le cogió una longaniza y se marchó con ella al bosque.

Ya estaba dispuesto a dar buena cuenta del manjar cuando apareció una bruja entre los matorrales.

-Buena longaniza comes -dijo la bruja, que parecía llevar varios días sin probar bocado.

El duende respondió:

-Y es toda para mí, así que ya puedes dar media vuelta y empezar a cazar sapos y culebras, que eso os gusta a las de tu calaña.

A la bruja no le gustó nada el tono que había empleado el duende. Pero lejos de ofenderse, la bruja le respondió:

-¡Oh! ¡Qué manera de hablar tan maravillosa! Sin duda podrías ser el alcalde de este pueblo si practicaras un poco tus discursos. ¿Qué digo alcalde? ¡Primer ministro del país!

-¿Tú crees? -preguntó el duende.

-Sin duda -dijo la bruja-. ¡Vamos, practica un poco, que te oiga yo!

El duende se puso de pie, sacó pecho y empezó a decir:

-Queridos vecinos…

-Espera, espera -interrumpió la bruja-. Con más entusiasmo, con los brazos en alto.

El duende, la bruja y la longanizaAl duende le pareció bien y empezó de nuevo, esta vez con más entusiasmo:

-Queridos vecinos de la aldea de…

-Espera, espera -volvió a interrumpir la bruja-. Tienes que darle movimiento a los brazos, ir de un lado a otro, para que se te vea bien.

El duende estaba tan emocionado que hizo lo que la bruja le dijo. Pero cogió tanto impulso para empezar que, sin querer, soltó la longaniza y esta salió volando. Y fue a parar a manos de la bruja.

-Je je -rio la bruja-. Sigue ensayando, duendecillo, que yo tengo otras cosas que hacer.

Y allí quedó el duendecillo plantado, sin saber qué decir. Pues no sabía que le molestaba más, si haber perdido la longaniza o no ser el gran orador que la bruja había dicho que era.
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