Barbapelada, el pirata derrochador
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Barbapelada, el pirata derrochador

Edades:
A partir de 6 años
Valores:
Barbapelada, el pirata derrochador Había una vez un pirata que, aunque conseguía muchos botines, estaba siempre pelado, sin blanca. Por eso le llamaba Barbapelada. Por eso, y porque apenas tenía cuatro pelos mal puesto en la barba -que eso, ni era barba ni nada, decían muchos-.

Y así iba el pirata Barbapelada por la vida, gastando lo que conseguía en sus botines.

-El dinero es para disfrutarlo -gritaba a los cuatro vientos, sabedor que todo el mundo hablaba sobre su gran afición a gastar.

Claro, que los que cobraban era felices. Muchos, porque conseguían engañarlo; todos, porque era un caprichoso que pagaba bien.

Sin embargo, los piratas que viajaban por Barbapelada eran más comedidos en sus gastos y procuraban tener siempre algo de dinero. O, al menos, lo gastaban con más cuidado.

-¡Disfruta de tu dinero, que pronto tendrás más cuando consigamos el próximo botín! -decían el pirata Barbapelada a sus compañeros.

Un día, poco después de obtener un gran botín, el capitán reunió a toda la tripulación, incluido el pirata Barbapelada. Y les dijo:

-En unos días embarcaremos en una misión larga que durará semanas. Hay que abastecer el barco para mucho tiempo. El que quiera venir tendrá que pagar para comprar víveres, repuestos para el barco y otras cosas necesarias. No os será difícil, porque hace poco que repartimos un buen botín. Recuperaréis todo vuestro dinero con creces cuando haya terminado la expedición.

Todos los piratas se pusieron muy contentos. Todos menos Barbapelada, al que no le quedaba ni una moneda. ¡Ya se lo había gastado todo!

Barbapelada, el pirata derrochadorY así fue como el pirata Barbapelada se quedó en puerto, sin poder ir con la tripulación. Menos mal que alguien se apiadó de él y le dio trabajo. Pero con lo que ganaba no le daba para más que para pagar la pobre habitación que había conseguido para dormir y algo de comer.

Meses después el barco volvió y el pirata Barbapelada se enroló de nuevo. Y con la lección bien aprendida, no volvió a derrochar el dinero nunca más.
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