La pastora y el deshollinador
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La pastora y el deshollinador

La pastora y el deshollinador Había una vez, en un sala, uno de estos armarios muy viejos adornados con tallas de volutas y follaje. Era una herencia de la bisabuela. De arriba abajo estaba adornado con tallas de rosas y tulipanes. En el centro había tallado un hombre de cuerpo entero; su figura era de verdad cómica. Tenía patas de cabra, cuernos en la cabeza y una larga barba. Los niños de la casa lo llamaban siempre el Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo.

Y allí estaba, con la vista fija en la mesa situada debajo del espejo, en la que había una linda pastorcilla de porcelana. A su lado había un pequeño deshollinador, negro como el carbón, también de porcelana.

Y ahí estaba el hombrecillo con su escalera, y unas mejillas blancas y sonrosadas como las de la muchacha. Estaba de pie junto a la pastora; los habían colocado allí a los dos, y, al encontrarse tan juntos, se habían enamorado.

A su lado había otra figura, tres veces mayor que ellos: un viejo chino que podía agachar la cabeza. Era también de porcelana, y pretendía ser el abuelo de la zagala. Afirmaba tener autoridad sobre ella, y había aceptado, con un gesto de la cabeza, la petición que el Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo le había hecho de la mano de la pastora.

-Tendrás un marido -dijo el chino a la muchacha- que estoy casi convencido, es de madera de ébano; hará de ti la Sargentamayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo. Su armario está repleto de objetos de plata, ¡y no digamos ya lo que deben contener los cajones secretos!

-¡No quiero entrar en el oscuro armario! -protestó la pastorcilla-. He oído decir que guarda en él once mujeres de porcelana.

-En este caso, tú serás la duodécima -replicó el chino-. Esta noche, en cuanto cruja el viejo armario, se celebrará la boda.

La pastorcilla, llorosa, levantó los ojos al dueño de su corazón, el deshollinador de porcelana.

-Quisiera pedirte un favor. ¿Quieres venirte conmigo? Aquí no podemos seguir.

-Yo quiero todo lo que tú quieras -le respondió el mocito-. Vámonos enseguida.

-¡Oh, si pudiésemos bajar de la mesa! -dijo ella-. Sólo me sentiré contenta cuando hayamos salido a esos mundos.

Él la tranquilizó, y le enseñó cómo tenía que colocar el piececito en las labradas esquinas y en el dorado follaje de la pata de la mesa; se sirvió de su escalera, y en un santiamén se encontraron en el suelo. Pero al mirar al armario, observaron en él una agitación; todos los ciervos esculpidos alargaban la cabeza y, levantando la cornamenta, volvían el cuello; el Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo pegó un brinco y gritó al chino:

-¡Se escapan, se escapan!

Los pobrecillos, asustados, se metieron en un cajón que había debajo de la ventana.

Había allí tres o cuatro barajas y un teatrillo de títeres montado de cualquier manera. Precisamente se estaba representando una función y todas las damas, oros y corazones, tréboles y espadas, sentados en las primeras filas, se abanicaban con sus tulipanes; detrás quedaban las sotas, mostrando que tenían cabeza o, por decirlo mejor, cabezas, una arriba y otra abajo, como es costumbre en los naipes. El argumento trataba de dos enamorados que no podían ser el uno para el otro, y la pastorcilla se echó a llorar, por lo mucho que el drama se parecía al suyo. -¡No puedo resistirlo! -exclamó-. ¡Tengo que salir del cajón!

Pero en cuanto volvieron a estar en el suelo y levantaron los ojos a la mesa, el viejo chino se tambaleó con todo el cuerpo, pues por debajo de la cabeza lo tenía de una sola pieza.

-¡Que viene el viejo chino! -gritó la zagala.

-Se me ocurre una idea -dijo el deshollinador-. ¿Y si nos metiésemos en aquella gran jarra de la esquina? Estaremos entre rosas y espliego, y si se acerca le arrojaremos sal a los ojos.

-No serviría de nada -respondió ella-. Además, sé que el chino y la jarra estuvieron prometidos, y siempre queda cierta simpatía en semejantes circunstancias. No; el único recurso es lanzarnos al mundo.

-¿De verdad te sientes con valor para hacerlo? -preguntó el deshollinador-. ¿Has pensado en lo grande que es y que nunca podremos volver a este lugar?

-Sí -afirmó ella.

El deshollinador la miró fijamente y luego dijo:

-Mi camino pasa por la chimenea. Saldríamos al exterior de la chimenea. Subiremos tan arriba que no podrán alcanzarnos, y en la cima hay un orificio que sale al vasto mundo.

Y la condujo a la puerta del horno.

-¡Qué oscuridad! -exclamó ella, sin dejar de seguir a su guía por la caja del horno y por el tubo, oscuro como boca de lobo.

-Estamos ahora en la chimenea –le explicó él-. Fíjate: allá arriba brilla la más hermosa de las estrellas.

Era una estrella del cielo que les enviaba su luz, como para mostrarles el camino. Y ellos venga trepar y arrastrarse. Y llegaron al borde superior de la chimenea y se sentaron en él a descansar.

Encima de ellos se extendía el cielo con todas sus estrellas, y a sus pies quedaban los tejados de la ciudad. La pobre pastorcilla jamás había imaginado cosa semejante; reclinó la cabecita en el hombro de su deshollinador y rompió a llorar.

- ¡Es demasiado! -exclamó-. No podré soportarlo, el mundo es demasiado grande. ¡Ojalá estuviese sobre la mesa, bajo el espejo! No seré feliz hasta que vuelva a encontrarme allí. Te he seguido al ancho mundo; ahora podrías devolverme al lugar de donde salimos. Lo harás, si es verdad que me quieres.

La pastora y el deshollinadorEl deshollinador le recordó prudentemente el viejo chino y el Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo, pero ella seguía llorando. Así que su compañera cedió a sus súplicas.

Y así bajaron de nuevo por la chimenea, y se arrastraron por la tubería y el horno. Una vez en la caja del horno, pegaron la oreja a la puerta para enterarse de cómo estaban las cosas en la sala. Reinaba un profundo silencio. Miraron. El viejo chino estaba en el suelo. Se había caído de la mesa y se había roto en tres pedazos. El Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-de-chivo seguía en su puesto con aire pensativo.

-¡Horrible! -exclamó la pastorcita-. El abuelo roto a pedazos, y nosotros tenemos la culpa. ¡No lo resistiré!

-Aún es posible pegarlo -dijo el deshollinador-. Pueden pegarlo y aún nos dirá cosas desagradables.

-¿Crees? -preguntó ella. Y treparon de nuevo a la mesa.

-Ya ves lo que hemos conseguido -dijo el deshollinador-. Podíamos habernos ahorrado todas estas fatigas.

-¡Si al menos estuviese pegado el abuelo! -observó la muchacha-. ¿Costará muy caro?

Pues lo pegaron. Y quedó como nuevo, aunque no podía ya mover la cabeza.

-Se ha vuelto usted muy orgulloso desde que se hizo pedazos -dijo el Sargento-mayor-y-menor-mariscal-de-campo-pata-dechivo-. Y la verdad que no veo los motivos. ¿Me la va a dar o no?

El deshollinador y la pastorcilla dirigieron al viejo chino una mirada conmovedora, temerosos de que agachase la cabeza; pero le era imposible hacerlo, y le resultaba muy molesto tener que explicar a un extraño que llevaba un clavo en la nuca. Y de este modo siguieron viviendo juntas aquellas personitas de porcelana, bendiciendo el clavo del abuelo y queriéndose hasta que se hicieron pedazos.
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