La margarita
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La margarita

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A partir de 8 años
La margarita Había una vez una casa de campo con un jardín lleno de flores y una cerca pintada. En medio del bello y verde césped crecía una pequeña margarita. El sol era igual de generoso con la pequeña margarita que con las grandes y suntuosas flores del jardín. Y la margarita crecía, de hora en hora.

Allí estaba una mañana la margarita, recibiendo el calor del sol, despreocupada, sin dolerse de ser una pobre flor insignificante. Estaba contenta y, mirando al sol, escuchaba el alegre canto de la alondra, feliz como si fuera un día de fiesta. Los niños estaban en la escuela, y mientras ellos estudiaban, la margarita aprendía a conocer la bondad de Dios en el calor del sol y en la belleza de lo que la rodeaba.

En el jardín vivían muchas flores distinguidas y tiesas que no prestaban la menor atención a la humilde margarita. Pero ella sí las veía, y pensaba cosas bonitas de ellas. Y mientras pensaba en lo afortunadas que eran sus vecinas porque los más hermosos pájaros las visitarían, entonces recibió la visita de la alondra. Eso sorprendió a la margarita.

El avecilla revoloteaba a su alrededor, cantando: “¡Qué mullida es la hierba! ¡Qué linda florecita, de corazón de oro y vestido de plata!”. Y es que el punto amarillo de la margarita relucía como oro, y eran como plata los diminutos pétalos que lo rodeaban.

El pájaro besó a la margarita con el pico y, después de dedicarle un canto melodioso, volvió a remontar el vuelo. Cuando la margarita se repuso de la sorpresa se sintió un poco avergonzada, pero en el fondo rebosante de gozo, y miró a las demás flores del jardín. Tras presenciar el honor de que había sido objeto, sin duda las demás comprenderían su alegría. Pero no fue así. Tras sentir el malhumor de las demás, la margarita lo sintió en el alma.

De repente, llegó al jardín una muchacha y, con un cuchillo, se dirigió directamente hacia los tulipanes. Y los cortó uno tras otro.

-¡Qué horror! -suspiró la margarita-. ¡Ahora sí que todo ha terminado para ellos!

La muchacha se alejó con los tulipanes, y la margarita se sintió feliz de permanecer fuera, en el césped, y de ser una humilde florecilla. Y sintió gratitud por su suerte.

A la mañana siguiente, cuando la margarita se despertó, reconoció la voz de la alondra. pero era una voz triste la que cantaba ahora, pues la habían cogido y estaba prisionera en una jaula, junto a la ventana abierta. ¡La pobre avecilla estaba bien triste, encerrada allí!

De pronto salieron dos niños del jardín. Uno empezó a cortar tulipanes con un cuchillo. Luego fueron hacia la margarita, que no acertaba a entender por qué.

-Podríamos cortar aquí un buen trozo de césped para la alondra -dijo uno, poniéndose a recortar un cuadrado alrededor de la margarita, de modo que la flor quedó en el centro.

-¡Arranca la flor! -dijo el otro, y la margarita tembló de miedo.

-No, déjala -dijo el primero-; hace más bonito así.

Y de esta forma la margarita se quedó con la hierba y fue llevada a la jaula de la alondra.

Pero la infeliz avecilla seguía llorando su cautiverio, y no cesaba de golpear con las alas los alambres de la jaula. Y así transcurrió toda la mañana.

¡No tengo agua! -exclamó la alondra prisionera-. Se han marchado todos, y no han pensado en ponerme una gota para beber. ¡Ay, me moriré, lejos del sol, de la fresca hierba, de todas las maravillas de Dios!. Y hundió el pico en el césped, para reanimarse un poquitín con su humedad. Entonces se fijó en la margarita, y, saludándola con la cabeza y dándole un beso, dijo:

-¡También tú perecerás aquí, pobre florecilla! Tú y este puñado de hierba verde es cuanto me han dejado de esLa margaritae mundo inmenso que era mío. ¡Ah, tú me recuerdas lo mucho que he perdido!

-¡Quién pudiera consolar a esta avecilla desventurada!-, pensaba la margarita, sin lograr mover un pétalo. Pero el aroma que exhalaban sus hojillas era mucho más intenso del que suele serles propio. La alondra se dio cuenta y, aunque sentía una sed abrasadora que le hacía arrancar las briznas de hierba una tras otra, no tocó a la flor.

Llegó el atardecer, y nadie vino a traer una gota de agua al pobre pajarillo, así que murió de sed. La flor se quedó con la cabeza colgando, enferma y triste.

Los niños no aparecieron hasta la mañana siguiente, y al ver el pájaro muerto se echaron a llorar. Vertiendo muchas lágrimas, le excavaron una tumba, que adornaron luego con pétalos de flores. Colocaron el cuerpo de la avecilla en una hermosa caja colorada. ¡Qué ironía tal pintoresco entierro! Mientras vivió y cantó se olvidaron del pobre pájaro, al que encerraron y abandonaron, pero ahora lo enterraban con gran pompa y muchas lágrimas.
El trocito de césped con la margarita lo arrojaron al polvo de la carretera; nadie pensó en aquella florecilla que tanto había sufrido por el pajarillo, y que tanto habría dado por poderlo consolar.
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