El ruiseñor
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El ruiseñor

Edades:
A partir de 8 años
El ruiseñor Hace ya muchos años el palacio del Emperador de China era el más espléndido del mundo entero. El jardín era tan extenso que el propio jardinero no tenía idea de dónde terminaba.

Si seguías andando, te encontrabas en el bosque más espléndido que quepa imaginar Aquel bosque llegaba hasta el mar hondo y azul; y allí vivía un ruiseñor que cantaba primorosamente.

-De todos los países llegaban viajeros a la ciudad imperial, y admiraban el palacio y el jardín; pero en cuanto oían al ruiseñor, exclamaban:

-¡Esto es lo mejor de todo!

De regreso a sus tierras los viajeros hablaban de él, y los sabios escribían libros acerca de la ciudad, del palacio y del jardín, pero sin olvidarse nunca del ruiseñor. Aquellos libros se difundieron por el mundo, y algunos llegaron a manos del Emperador.

Se hallaba sentado en su sillón de oro, leyendo aquellas magníficas descripciones de la ciudad, del palacio y del jardín.

«Pero lo mejor de todo es el ruiseñor», decía el libro.

-¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¿El ruiseñor? Jamás he oído hablar de él.

Y mandó llamar al mayordomo de palacio.

-Según parece, hay aquí un pájaro de lo más notable, llamado ruiseñor -dijo el Emperador-. Se dice que es lo mejor que existe en mi imperio; ¿por qué no se me ha informado de este hecho?

-Es la primera vez que oigo hablar de él -se justificó el mayordomo.

-Pues ordeno que acuda esta noche a cantar en mi presencia -dijo el Emperador.

-Es la primera vez que oigo hablar de él -repitió el mayordomo-. Lo buscaré y lo encontraré.


Pero nadie de cuantos preguntó el mayordomo había oído hablar del ruiseñor. Finalmente dieron en la cocina con una pobre muchachita que exclamó:

-¡Dios mío! ¿El ruiseñor? ¡Claro que lo conozco!

-Pequeña fregaplatos -dijo el mayordomo-, te daré un empleo fijo si puedes traernos al ruiseñor; está citado para esta noche.

Todos se dirigieron al bosque, al lugar donde el pájaro solía situarse.


-¡Es él! -dijo la niña-. ¡Escuchen, escuchen! ¡Allí está!

-Mi pequeño ruiseñor -dijo en voz alta la muchachita-, nuestro gracioso Soberano quiere que cantes en su presencia.

-¡Con mucho gusto! - respondió el pájaro, y reanudó su canto que daba gloria oírlo.

- Causará sensación en la Corte.

-¿Quieren que vuelva a cantar para el Emperador? -preguntó el pájaro, pues creía que el Emperador estaba allí.

-Mi pequeño y excelente ruiseñor -dijo el mayordomo- tengo el honor de invitarlo a una gran fiesta en palacio esta noche, donde podrá deleitar con su magnífico canto a Su Imperial Majestad.

El ruiseñor los acompañó gustoso.


En medio del gran salón donde el Emperador habían puesto una percha de oro para el ruiseñor. Toda la Corte estaba presente.

El ruiseñor cantó tan deliciosamente que las lágrimas acudieron a los ojos del Soberano; y cuando el pájaro las vio rodar por sus mejillas, volvió a cantar mejor aún, hasta llegarle al alma.

El Emperador quedó tan complacido que dijo que regalaría su chinela de oro al ruiseñor para que se la colgase al cuello. Mas el pájaro le dio las gracias, diciéndole que ya se consideraba suficientemente recompensado.

-He visto lágrimas en los ojos del Emperador; éste es para mí el mejor premio. Las lágrimas de un rey poseen una virtud especial. Dios sabe que he quedado bien recompensado -y reanudó su canto con su dulce y melodiosa voz.


Realmente el ruiseñor causó sensación. Se quedaría en la Corte, en una jaula particular, con libertad para salir dos veces durante el día y una durante la noche. Pusieron a su servicio diez criados.


Un buen día el Emperador recibió un gran paquete rotulado: «El ruiseñor».

-He aquí un nuevo libro acerca de nuestro famoso pájaro -exclamó el Emperador.

Pero resultó que no era un libro, sino un pequeño ingenio puesto en una jaula, un ruiseñor artificial, imitación del vivo, pero cubierto materialmente de diamantes, rubíes y zafiros. Sólo había que darle cuerda y se ponía a cantar una de las melodías que cantaba el de verdad, levantando y bajando la cola, todo él un ascua de plata y oro. Llevaba una cinta atada al cuello y en ella estaba escrito: «El ruiseñor del Emperador del Japón es pobre en comparación con el del Emperador de la China».

-¡Soberbio! -exclamaron todos.

-Ahora van a cantar juntos. ¡Qué dúo harán!

Y los hicieron cantar a dúo; pero la cosa no marchaba, pues el ruiseñor auténtico lo hacía a su manera y el artificial iba con cuerda.

-No se le puede reprochar -dijo el Director de la Orquesta Imperial-; mantiene el compás exactamente y sigue mi método al pie de la letra.

En adelante, el pájaro artificial tuvo que cantar solo. Obtuvo tanto éxito como el otro; además, era mucho más bonito, pues brillaba como un puñado de pulseras y broches.

Repitió treinta y tres veces la misma melodía, sin cansarse, y los cortesanos querían volver a oírla de nuevo, pero el Emperador opinó que también el ruiseñor verdadero debía cantar algo.

Pero, ¿dónde se había metido? Nadie se había dado cuenta de que, saliendo por la ventana abierta, había vuelto a su verde bosque.

-¿Qué significa esto? -preguntó el Emperador. Y todos los cortesanos se deshicieron en reproches e improperios, tachando al pájaro de desagradecido-. Por suerte nos queda el mejor -dijeron, y el ave mecánica hubo de cantar de nuevo, repitiendo por trigésimo cuarta vez la misma canción; pero como era muy difícil no había modo de que los oyentes se la aprendieran.

El Director de la Orquesta Imperial se hacía lenguas del arte del pájaro, asegurando que era muy superior al verdadero, no sólo en lo relativo al plumaje y la cantidad de diamantes, sino también interiormente.

-Pues fíjense Vuestras Señorías, y especialmente Su Majestad, que con el ruiseñor de carne y hueso nunca se puede saber qué es lo que va a cantar. En cambio, en el artificial todo está determinado de antemano. Se oirá tal cosa y tal otra, y nada más. En él todo tiene su explicación: se puede abrir y poner de manifiesto cómo obra la inteligencia humana, viendo cómo están dispuestas las ruedas, cómo se mueven, cómo una se engrana con la otra.

-Eso pensamos todos -dijeron los cortesanos, y el Director de la Orquesta Imperial fue autorizado para que el próximo domingo mostrara el pájaro al pueblo-. Todos deben oírlo cantar -dijo el Emperador; y así se hizo, y quedó la gente satisfecha.

El ruiseñor -No está mal; las melodías se parecen, pero le falta algo, no sé qué...

El ruiseñor de verdad fue desterrado del país. El pájaro mecánico estuvo en adelante junto a la cama del Emperador.

Así transcurrieron las cosas durante un año; el Emperador, la Corte y todos los demás chinos se sabían de memoria el trino de canto del ave mecánica, y precisamente por eso les gustaba más que nunca; podían imitarlo y lo hacían.

Pero he aquí que una noche, estando el pájaro en pleno canto, el Emperador, que estaba ya acostado, oyó de pronto un «¡crac!» en el interior del mecanismo; algo había saltado.

El Emperador saltó de la cama y mandó llamar al relojero, quien manifestó que debían andarse con mucho cuidado pues los pernos estaban gastados y no era posible sustituirlos.

Desde entonces sólo se pudo hacer cantar al pájaro una vez al año, y aun esto era una imprudencia.

Pasaron cinco años, y el Emperador cayó enfermo de muerte. Ya había sido elegido su sucesor. Frío y pálido yacía el Emperador en su grande y suntuoso lecho. Toda la Corte lo creía ya muerto. Pero el Emperador no había expirado aún.

De pronto resonó, procedente de la ventana, un canto maravilloso. Era el pequeño ruiseñor vivo, posado en una rama. Enterado de la desesperada situación del Emperador, había acudido a traerle consuelo y esperanza.

-¡Gracias, gracias! -dijo el Emperador-. Te desterré de mi reino; sin embargo, con tus cantos has alejado de mi lecho los malos espíritus, has ahuyentado de mi corazón la Muerte. ¿Cómo podré recompensarte?

-Ya me has recompensado -dijo el ruiseñor-. Arranqué lágrimas a tus ojos la primera vez que canté para ti; esto no lo olvidaré nunca, pues son las joyas que contentan al corazón de un cantor. Pero ahora duerme y recupera las fuerzas, que yo seguiré cantando.

Así lo hizo, y el Soberano quedó sumido en un dulce sueño; Entraron los criados a ver a su Emperador, al que creyeron muerto. Entraron, sí, y el Emperador les dijo: ¡Buenos días!
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