El clavel
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El clavel

Edades:
A partir de 8 años
Valores:
El clavel Hubo una vez una reina que no tenía hijos. Todas las mañanas salía al jardín a rogar al cielo que le otorgase la gracia de ser madre. Un día descendió un ángel del cielo y le dijo:

-Alégrate, vas a tener un hijo dotado del don de ver cumplidos sus deseos.

La reina fue a dar a su esposo la feliz noticia. Cuando llegó la hora, dio a luz un hijo, con gran alegría del Rey. Cada mañana iba la Reina al parque con el niño.

Un día, en el parque, la madre se quedó dormida teniéndolo en el regazo. Entonces se acercó el viejo cocinero, que conocía el don particular del pequeño, y lo raptó. Luego mató un pollo y derramó la sangre sobre el delantal y el vestido de la Reina.

Después de llevarse al niño a un lugar apartado, se presentó al Rey para acusar a su esposa de haber dejado que las fieras le robaran a su hijo. Cuando el Rey vio el delantal manchada de sangre, dio crédito a la acusación. Se enfureció tanto que hizo construir una mazmorra y en ella mandó encerrar a la Reina, condenándola a permanecer allí durante siete años sin comer ni beber, para que muriese de hambre y sed.

Pero Dios envió a dos ángeles del cielo en forma de palomas blancas, que todos los días le llevaban la comida. Mientras tanto, el cocinero había pensado:

-Puesto que el niño está dotado del don de ver satisfechos sus deseos, estando yo aquí podría provocar mi desgracia.

Salió del palacio y se dirigió a la casa del muchachito, que ya era lo bastante crecido para saber hablar, y le dijo:

-Desea tener un hermoso palacio, con jardín y todo lo que le corresponda.

Y apenas habían salido las palabras de los labios del niño, apareció todo lo deseado. Al cabo de algún tiempo, le dijo el cocinero:

-No está bien que vivas solo. Desea una hermosa muchacha para compañera.

Expresó el niño este deseo, y en el acto se le presentó una bella doncella. De ahí en adelante jugaron juntos, y se querían tiernamente, mientras el viejo cocinero se dedicaba a la caza.

Pero un día se le ocurrió al cocinero que el príncipe podía sentir deseos de estar al lado de su padre, cosa que tal vez lo colocaría a él en una situación difícil. Entonces salió, se llevó a la muchachita en un lugar apartado y le dijo:

-Esta noche, cuando el niño esté dormido, te acercarás a su cama y, después de clavarle el cuchillo en el corazón, me traerás su corazón y su lengua. Si no lo haces, lo pagarás con la vida.

Cuando se marchó, la muchacha hizo traer una cierva joven y la hizo matar; luego le sacó el corazón y la lengua, y los puso en un plato. Al ver que se acercaba el viejo, dijo a su compañero que se escondiera.

-¿Dónde están el corazón y la lengua del niño? -preguntó el cocinero.

La niña tendió el plato, y en el mismo momento el príncipe salió y exclamó:

-Oye tu sentencia. Vas a transformarte en perro de aguas. Llevarás una cadena dorada al cuello y comerás carbones ardientes, de modo que el fuego te abrase la garganta.

Y al tiempo que pronunciaba estas palabras, el viejo quedó transformado en lo que dijo el niño.

El hijo del Rey siguió viviendo todavía algún tiempo allí, siempre pensando en su madre, y en si vivía o estaba muerta. Finalmente le dijo a la muchacha:

-Quiero irme a mi patria. Si deseas acompañarme, yo cuidaré de ti.

-¡Ay! -exclamó ella-. ¡Está tan lejos! Además, ¿qué haré en un país donde nadie me conoce?

Al verla el príncipe indecisa la convirtió en clavel y la prendió en su ojal. Se puso en camino de su tierra y el perro no tuvo más remedio que seguirlo. Se dirigió a la torre que servía de prisión a su madre, y, como era muy alta, expresó el deseo de que apareciese una escalera capaz de llegar hasta la mazmorra, y, bajando por ella, preguntó en voz alta:

-Madrecita de mi alma,¿vivís aún o estáis muerta?

Ella respondió, pensando que eran los ángeles:

- Acabo de comer y no tengo hambre.

- Soy vuestro hijo querido -dijo el muchacho-, al que dijeron falsamente que las fieras os habían arrebatado del regazo; pero estoy vivo, y muy pronto os libertaré.

Y se encaminó al palacio del Rey, donde se hizo anunciar como un cazador forastero, que solicitaba ser empleado en la corte. El Rey aceptó sus servicios, a condición de que f supiera encontrar caza mayor, pues en todo el reino no la había habido nunca.

El muchacho reunió a todos los cazadores. Partió con ellos, y, una vez en el monte, los colocó en círculo abierto en un punto. Él se situó en el medio y empezó a desear, y en un momento entraron en el círculo alrededor de un centenar de magníficas piezas, y los cazadores no tuvieron más trabajo que derribarlas a tiros. Fueron luego cargadas en sesenta carretas y llevadas al Rey, quien vio, al fin, colmada de caza su mesa, después de muchos años de verse privado de ella.

Muy satisfecho el Rey, al día siguiente invitó a comer a toda la Corte, para lo cual hizo preparar un espléndido banquete. Estando ya todos reunidos, dijo, dirigiéndose al joven cazador:

- Puesto que has demostrado tanta habilidad, te sentarás a mi lado.

- Señor Rey, me hacéis demasiado honor -respondió el joven-. No soy más que un sencillo cazador.

Pero el Rey insistió, diciendo:

- Quiero que te sientes a mi lado.

Y el joven tuvo que obedecer. Durante todo el tiempo pensaba en su querida madre, y, al fin, formuló el deseo de que uno de los cortesanos más altos hablara de ella y preguntara qué tal lo pasaba en la torre la Señora Reina. Apenas había formulado en su mente este deseo, cuando el mariscal se dirigió al Rey diciendo:
- Majestad, ya que nos encontramos aquí todos contentos y disfrutando, ¿cómo lo pasa la Señora Reina? ¿Vive o ya murió?

A lo cual respondió el Rey:

- Dejó que las fieras devorasen a mi hijo amadísimo; no quiero que se hable más de ella.

El clavelSe levantándo entonces el cazador y dijo:

- Mi venerado Señor y Padre: la Reina vive todavía, y yo soy su hijo, y no fueron las fieras las que me robaron, sino aquel malvado cocinero viejo que, mientras mi madre dormía, me arrebató de su regazo, manchando su delantal con la sangre de un pollo.

Y, agarrando al perro por el collar de oro, añadió:

-¡Éste es el criminal! -y mandó traer carbones encendidos, que el animal hubo de comerse en presencia de todos, quemándose la garganta.

Preguntó luego al Rey si quería verlo en su figura humana, y, ante su respuesta afirmativa, lo convirtió a su primitiva condición de cocinero. Al verlo el Rey, ordenó, enfurecido, que lo arrojasen en el calabozo más profundo.

Luego siguió diciendo el cazador:

- Padre mío, ¿queréis ver también a la doncella que ha cuidado de mí, y a la que ordenaron me quitase la vida bajo pena de la suya, a pesar de lo cual no lo hizo?

- ¡Oh sí, con mucho gusto! -respondió el Rey.

- Padre y Señor mío, os la mostraré en figura de una bella flor -dijo el príncipe, y, sacándose del bolsillo el clavel, lo puso sobre la mesa real.

Siguió diciendo el hijo:

- Ahora os la voy a presentar en su verdadera figura humana.

Y deseó que se transforme en doncella. Y el cambio se produjo en el acto. El Rey envió a buscar a la Reina, con orden de acompañarla a la mesa real. Al llegar a ella, se negó a comer y dijo:

- Dios misericordioso y compasivo, que me sostuvo en la torre, me llamará muy pronto.

Vivió aún tres días, y murió como una santa. Y al ser sepultada, la siguieron las dos palomas blancas que la habían alimentado durante su cautiverio, y que eran ángeles del cielo, y se posaron sobre su tumba. El anciano rey ordenó que el cocinero fuese castigado. Su hijo se casó con la hermosa doncella que se había llevado en figura de flor, y Dios sabe si todavía viven.
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